Por Ernesto Heredia
La muerte del joven ultimado el pasado viernes en el sector Herrera, de la capital, a manos de un agente de la Policía Nacional, no debería convertirse en una noticia más dentro de la larga lista de ciudadanos que han perdido la vida en circunstancias similares. Tampoco debería limitarse a la suspensión del policía, a una investigación interna o a un comunicado oficial prometiendo justicia.
La pregunta es otra: ¿cuántos muertos más necesita el país para admitir que la reforma policial ha fracasado?






