Por Ernesto Heredia
Hace apenas unos años, el discurso oficial prometía eficiencia, modernidad y un Estado que funcionaría como un reloj. Se habló de instituciones ágiles, de servicios públicos de calidad y de una transformación que colocaría al ciudadano en el centro de la gestión. Seis años después, la realidad que enfrentan millones de dominicanos cada mañana cuenta una historia muy distinta.
Basta con utilizar el Metro de Santo Domingo para comprobarlo. Lo que alguna vez fue considerado el servicio público más eficiente del país, hoy muestra señales preocupantes de deterioro.






