27 de diciembre de 2015

La Sociedad de lo Posible

Por Ricardo Pérez Fernández*
Marchábamos desenfrenados, raudos e indetenibles en nuestro rumbo hacia lo que denominaremos la sociedad de lo posible: un conglomerado humano donde los acontecimientos desafortunados de hoy, que van denotando un progresivo deterioro sociocultural, superan con creces los de ayer. Un hábitat donde se pierde la capacidad de asombro y de indignación, y donde se asume de manera individual y colectiva, que cualquier cosa es posible.
Nuestro trajinar hacia ese estadio sociológico, donde por momentos, la realidad amenaza con superar la ficción, luce haber sido detenido momentáneamente, de manera abrupta, por un homicidio múltiple que culminó arrancando dramáticamente la vida de una destacada figura de la política e importante empresario de los juegos de azar.
Lo que aparenta haber suscitado el repudio y la condena colectiva a dicho acontecimiento, ha sido la forma, y la presunta razón de fondo por las cuales se fue capaz de consagrar el más abyecto acto de irrespeto hacia la vida humana.
Este alto en un camino que, indudablemente, nos llevará a un despeñadero cívico y moral, tiene que ser aprovechado para poner en perspectiva lo que como sociedad nos viene sucediendo.
Culpa de todos
Tendemos a ser irresponsables, hipócritas e infantiles. La culpa de todo la tiene el otro o los otros, paro jamás usted o los suyos; el tapón se formó por el imprudente y desconsiderado que desde el carril derecho quiso girar a la izquierda… justo lo que usted hizo ayer.
Reprobamos acciones y acontecimientos por ser lo socialmente correcto, para que luego los hechos demuestren que tales críticas no resultan compatibles con nuestro comportamiento; denunciamos a los irresponsables y abusadores que no pagan una cuota justa de la energía eléctrica consumida… al tiempo que en su casa, tiene usted instalado un equipo que adultera la factura mensual.
Pretendemos atribuirle, en franca actitud pueril, todos nuestros males a los políticos, a los partidos, o a los grandes empresarios, como si no surgieran estos de las mismas entrañas de nuestro pueblo, y en cambio, hubiesen llegado en misión especial del planeta Marte, logrando enquistarse sigilosamente en nuestra sociedad, con valores y costumbres radicalmente distintas a las nuestras.
El paternalismo político que tanto denunciamos, padre del clientelismo y de distintos tipos de corrupción, solo puede existir si hay una sociedad devota al infantilismo que lo consuma y lo valide. Nunca olvide que el político es, por naturaleza, un andador de caminos ya surcados, y que no aventuraría a andar por terrenos inhóspitos sin desbrozar; las elecciones no son más que un concurso de popularidad, donde triunfa aquel con más respaldo.
Y solo podrá tener respaldo, aquel que caiga más en gracia entre el pueblo; pero nadie cae en gracia ejecutando acciones, o haciendo promesas, que no vayan acorde con los anhelos de su electorado.
La sociedad de lo posible se enraíza en un colectivo donde se llega a la creencia de que nada está fuera de la probabilidad de ocurrencia. Cuando se llega a percibir que el poder político no tiene frenos ni límites, y que quien lo controle puede hacer todo cuanto le plazca, indistintamente de lo que establezcan las leyes y las costumbres, se profundizan peligrosamente las raíces de la sociedad de lo posible.
Cuando se llega a percibir que la justicia es un mercado a disposición de quién tenga la holgura de bolsillo para transar en él, se ahondan preocupantemente las raíces de la sociedad de lo posible. Cuando percibimos que el voraz rentismo empresarial, irrespetuoso del medio ambiente e inconsecuente ante la desigualdad en los ingresos familiares y los desequilibrios fiscales, hace todo cuanto sea necesario por aumentar sus riquezas, pase lo que pase, se afianzan las raíces de la sociedad de lo posible.
Cuando los órganos llamados a protegernos suscitan la percepción de estar del lado de quienes nos amenazan, generando una sensación de inseguridad que nos conduce a la idea de que nuestra tranquilidad descansa sobre las capacidades individuales de protección de cada quien, se fortalece la sociedad de lo posible.
Tras lo anterior, cabe preguntarse: ¿hacia dónde nos llevaría continuar transitando los caminos de la sociedad de lo posible? Hacia la individualización total, donde un “sálvese quién pueda” adquiere jerarquía conductual, y donde la degradación cívica trae como resultado la disipación de las reglas necesarias e imprescindibles para vivir en sociedad.
Nos llevaría hacia la generalización de un comportamiento que ya existe parcialmente; aquel de manifestar interés por soluciones integrales, colectivas y definitivas a nuestros problemas, solo por la necesaria corrección política que debemos exhibir al momento de expresarnos en nuestros círculos sociales, cuando en realidad lo que nuestro comportamiento demuestra es que procuramos tener soluciones individuales, sin mucha consideración por lo que pase con los demás.
La instauración definitiva de la idea de que vivimos en la sociedad de lo posible, nos arrojaría a la desintegración y descomposición sin remedios; nos llevaría al oscurantismo sociocultural que, tal como la historia demuestra, siempre engendra clamores populares por un salvador que vuelva todo al orden, y que inaugure épocas de renovada prosperidad. Sin embargo, esa misma historia también nos enseña, que son precisamente los tiempos de oscuridad que traen consigo falsos profetas que terminan por arrancar de cuajo lo poco que quedaba para construir una sociedad justa y organizada.
¿Qué nos queda?
De toda situación, por desafortunada y calamitosa que parezca, siempre podremos crear oportunidades, aprender lecciones y generar acciones positivas. La tragedia del 15 de diciembre se inscribe en esta realidad, puesto a que presenta una oportunidad singular de replantearnos el derrotero que como nación y sociedad llevamos. No por el hecho en sí mismo, que solo reafirma la epidemia de violencia que nos va consumiendo, sino porque constituyó un freno, de enorme impacto emocional, a la contemplación pasiva de la consolidación de la sociedad de lo posible.
Desafortunadamente, esto será momentáneo. Dentro de poco tiempo, el ajetreo propio de la cotidianidad nos pastoreará hacia nuestros caminos habituales; los que lamentablemente nos continuarán acercando a esa sociedad de lo posible.
Entonces, ¿qué nos queda? Lo irónico de esta situación es que a pesar de la complejidad y del carácter multifactorial de este fenómeno social, el fundamento sobre el que se construiría una sociedad sana, funcional, progresista (sin sentido ideológico) y solidaria, es bastante sencillo, aunque sea un cliché muy recurrido: Solo haría falta que cada uno de nosotros sea el cambio que aspira ver en los demás.
Ese sería el inicio, y posiblemente el final. Tal vez no se requiera más para revertir nuestro preocupante descenso hacia un colectivo humano sin compás moral, sin criterio de comunidad y de escasos principios cívicos. Pero tome lo que tome, habremos de hacer hasta lo imposible por evitar que se consolide la sociedad de lo posible. Quizá el 2016 sea buen momento para empezar.
* El autor de economista y politólogo.-

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