Por Ernesto Heredia
Hace apenas unos años, el discurso oficial prometía eficiencia, modernidad y un Estado que funcionaría como un reloj. Se habló de instituciones ágiles, de servicios públicos de calidad y de una transformación que colocaría al ciudadano en el centro de la gestión. Seis años después, la realidad que enfrentan millones de dominicanos cada mañana cuenta una historia muy distinta.
Basta con utilizar el Metro de Santo Domingo para comprobarlo. Lo que alguna vez fue considerado el servicio público más eficiente del país, hoy muestra señales preocupantes de deterioro.
Escaleras eléctricas fuera de servicio durante semanas o meses, ascensores averiados, estaciones congestionadas y usuarios que deben esperar largos minutos para poder abordar un vagón, forman parte de una rutina que parece haberse normalizado. Las quejas de los pasajeros se multiplican mientras las respuestas oficiales escasean.Pero el Metro no es un caso aislado. Es el reflejo de un problema mucho más profundo: el abandono del mantenimiento y de la calidad de los servicios públicos.
El tránsito en Santo Domingo se ha convertido en un símbolo del desorden. Cada día miles de personas pierden horas atrapadas en interminables tapones. La productividad disminuye, aumenta el gasto en combustible, crece el estrés y la calidad de vida se deteriora. Mientras tanto, las soluciones parecen limitarse a anuncios, estudios y promesas que rara vez se traducen en mejoras perceptibles para la población.
A esto se suma otro problema igual de preocupante: la creciente burocracia y la falta de capacidad en muchas instituciones públicas. Cada vez son más frecuentes las denuncias de ciudadanos que encuentran oficinas donde predomina la improvisación, la lentitud y la incapacidad para resolver los problemas más elementales. El usuario deja de ser un ciudadano con derechos para convertirse en alguien que debe soportar largas filas, trámites innecesarios y respuestas que casi siempre terminan en un "vuelva otro día".
Gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras o anunciar grandes proyectos. Gobernar también significa conservar lo que ya existe, darle mantenimiento, supervisarlo y garantizar que funcione correctamente. Una escalera eléctrica dañada puede parecer un detalle menor desde un despacho con aire acondicionado, pero para un envejeciente, una persona con discapacidad o una mujer embarazada, representa una barrera real. Un tren que tarda veinte minutos en llegar, significa trabajadores que llegan tarde, estudiantes que pierden clases y ciudadanos que pagan con su tiempo la ineficiencia del Estado.
Los gobiernos no deben evaluarse únicamente por la cantidad de cemento que colocan, sino por la calidad de los servicios que ofrecen cada día. Porque la verdadera modernidad no se mide en fotografías de inauguraciones, sino en la experiencia cotidiana de quienes utilizan esos servicios.
La República Dominicana necesita menos propaganda y más gestión. Menos discursos y más mantenimiento. Menos excusas y más resultados.
Cuando un ciudadano sale de su casa no le interesa quién tiene la culpa. Solo espera que el Metro funcione, que el tránsito fluya y que las instituciones respondan con eficiencia. Si esas tres cosas fallan al mismo tiempo, el problema deja de ser una percepción y se convierte en la evidencia de que los servicios públicos se están deteriorando.
Y cuando el Estado deja de ofrecer servicios eficientes, lo primero que pierde no es una obra ni un presupuesto: pierde la confianza de su gente.
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