15 de enero de 2026

El Estado Secuestrado por la Política

Por Ernesto Heredia

Las recientes declaraciones del presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, quien expresó su molestia por las cancelaciones de empleados públicos tras la designación de nuevos ministros por parte del presidente Luis Abinader, vuelven a poner sobre la mesa una práctica vieja, dañina y todavía no superada en la administración pública dominicana: el uso de las instituciones del Estado como espacios de repartición política.

Más allá del enojo o la defensa coyuntural de sectores afectados, el debate de fondo es mucho más serio. Mientras los cargos públicos continúen siendo ocupados en función de la simpatía partidaria y no de la capacidad, la preparación y la experiencia, el resultado será siempre el mismo: instituciones débiles, servicios deficientes y un país que avanza a paso lento.

No se puede hablar de eficiencia estatal cuando cada cambio de ministro implica barrer con técnicos, empleados administrativos y profesionales que, en muchos casos, llevan años sirviendo al Estado. Tampoco se puede construir una verdadera institucionalidad si cada gestión se siente con derecho a comenzar desde cero, como si la administración pública fuera una extensión del máximo organismo político del partido de turno.

El problema no es solo la cancelación en sí, sino el mensaje que se envía: en la República Dominicana, la estabilidad laboral en el sector público sigue dependiendo más del color político que del desempeño. Eso desmotiva al personal, promueve el clientelismo y convierte al Estado en un espacio improvisado, donde la continuidad y la planificación quedan relegadas.

Resulta contradictorio que desde el poder se hable de modernización, transparencia y fortalecimiento institucional, mientras se toleran prácticas que precisamente erosionan esos principios. Un país no se desarrolla cuando sus instituciones funcionan como agencias de empleo político, sino cuando se respetan los méritos, la carrera administrativa y la profesionalización del servicio público.

Si de verdad se quiere un Estado eficiente y un país que avance, es momento de romper con esta lógica. El Estado no pertenece a ningún partido, pertenece a la ciudadanía. Y mientras no se entienda eso, seguiremos atrapados en el mismo círculo de retrocesos, frustraciones, promesas incumplidas y clientelismo improductivo.

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