Por Juan Llado
¿Por
qué ni el modelo puro del mercado liberal ni el de puro estatismo han tenido
éxito en el desarrollo de las naciones? Los resultados apuntan a que estos
modelos de polarización ideológica no han pasado de ser, en su concepción, mera
aspiración, mera utopía. Lo esbozado por los pensadores comunistas y liberales
mencionados no han sido más que ser visiones de lo que ellos deseaban que
fueran las sociedades. Si los modelos pifian es porque sus autores no tuvieron
suficiente noticia de la realidad para aterrizar bien sus propuestas y producir
diseños realistas.
Bartolomè de las Casas nos dijo: “Toda etnia, pueblo y nación, es libre para ejercer su
soberanía y para autodeterminarse de acuerdo con lo que estime justo y
conveniente.” Por su lado, Raymond Gettel, en su Historia de las
Ideas Políticas, dice: “Los grupos (humanos) que viven en intimo
contacto y que han pasado por experiencias comunes, desarrollan,
conscientemente, una trayectoria histórica, un propósito superior, que aparece
expreso en su literatura e instituciones. Atesoran en común un recuerdo y un
ideal, y este sentimiento subjetivo de su unidad se anima en las formas de una
nación.” “Asociado a la independencia del Estado soberano, aparece el derecho de
cada pueblo al ejercicio del control sobre su gobierno propio; y de aquí nace
la doctrina que permite a cada grupo distinto y permanente, con un carácter
nacional, la dirección exclusiva de sus destinos políticos.”
Por
tanto, el mejor sendero a seguir será aquel que nos lleva a los grados de
libertad y democracia visualizados por los liberales mientras imponemos el
estatismo para promover la movilidad social y la solidaridad. Esto último pasa
por establecer la verdadera igualdad de oportunidades educativas. Competirá en
desventaja un niño de un campo de Elías Pina que no ha recibido una educación igual
en calidad que la de un niño en un colegio de Santo Domingo. Será mucho más
difícil para él alcanzar la movilidad social que para los que han tenido el
privilegio de una mejor educación. Y esa desigualdad resulta en diferencias en
el ingreso y en el bienestar del individuo.
El
logro de una verdadera “movilidad social” es el requisito esencial de la
justicia social. Ella encarnaría la moralidad de cualquier sistema de
organización social o económica. Pero eso no podrá lograrse a menos que no se
ejerza, en cualquier sociedad, una vigilancia eterna sobre la manía lupina de
los poderosos, sean estos los más ricos de los liberales o los políticos que se
apropian del estado para su propio beneficio personal. Puesto que
hoy la riqueza se agolpa en un puñado de mega-ricos que detentan más poder que
muchos políticos destacados, procede condenar a las políticas liberales que
propician tales resultados y también condenar a los políticos que se abrazan de
un estatismo rampante para proteger y magnificar sus propios intereses.
La
mejor filosofía política asume que los ricos y los pobres son buena gente
aunque estén motivados por la pulsión atávica del egoísmo. Lo que los hace desviar
son los sistemas que los engendra, al no administrar idóneamente ese
egoísmo. El mejor rico será aquel que, estimulado por el estado,
demuestra una solidaridad generosa a través de una responsabilidad social
empresarial iluminada, un tratamiento justo de sus empleados y un afán de lucro
que no embista descaradamente el bienestar de los demás. En eso consistirá su
moralidad, mientras la del pobre comenzará cuando deje de envidiar los haberes
de los ricos y se empodere de su propio destino para, en un ambiente de
igualdad de oportunidades, mejorar su propio bienestar.
Los
lobos del estatismo y del liberalismo estarán siempre al acecho. Por eso habrá
que seguir buscando ideologías que “transformen” la sociedad hacia un estadio
de libertad y racionalidad que asegure las condiciones materiales mínimas de la
subsistencia con dignidad. Hoy día, tal visión està mejor representada por los
logros de los países escandinavos, los cuales han equilibrado el capitalismo
con la solidaridad del socialismo europeo. Pero la solución ideológica a los
problemas del desarrollo en nuestro país tendrá que crear una impronta propia
que, lamentablemente, está ausente en el pensamiento de la actual clase
política.
En
nuestro entramado institucional, la lucha contra la desigualdad nos convoca a
una cruzada permanente de búsqueda y ajuste –prueba y error– en las políticas
públicas, para lograr el bienestar y la felicidad. La solución deseada sería una
especie de libre albedrío de los pueblos. El individuo no es quien determina, por
sus acciones propias de filantropía, la bondad de la organización política y
social. Tampoco sería el estatista a ultranza. Cada nación tiene que encontrar
una fórmula “casuística” que equilibre al Estado con la sociedad civil de tal
manera que produzca paz social y mayores niveles de bienestar para todos.
El
tamaño del Estado y la naturaleza de su intervención, deberán responder a las
necesidades de las grandes mayorías y promover la movilidad social que logre la
justicia social. En naciones donde una proporción importante de la población
vive en la pobreza, como es el caso nuestro, la acción del Estado debe ser
fuerte y determinante sin llegar a cohibir la libertad de los individuos o
distorsionar el libre mercado. Pero afirmar esto es mucho más fácil
que lograrlo. Si hay alguna duda al respecto, debemos solo visitar los
resultados respecto a la Estrategia
Nacional de Desarrollo 2030 estatuida por la Ley No.1-12. Ese amasijo de
enunciados de políticas públicas no se ha traducido en las ejecutorias
requeridas.
Tienta
endilgar la culpa de la negligente aplicación de las políticas de desarrollo
productivo a los sucesivos gobiernos. Bien o mal fundadas, las falencias de los
gobernantes –o la falta de “voluntad política”- reflejan un temor a incurrir
en acciones que le resten apoyo político y dificulten la gobernabilidad. Pero
los cambios de gobierno tampoco han conjurado el flagelo, por lo que sería
injusto culpar solo al partido de gobierno por el poco progreso o la desidia. A
los partidos políticos les compete buscar las fórmulas para el desarrollo
económico y social.
En
esa búsqueda, los partidos deben guiarse por la premisa de que el mercado de
libre competencia debe ir de la mano con un Estado que garantice la libertad y
la igualdad de oportunidades, para que pueda darse la movilidad social. Sin eso
no puede haber justicia y fue Juan Pablo Duarte quien sentenció que la justicia
es el fundamento de la felicidad. ¿Tendrá nuestro liderazgo la
grandeza moral de Duarte para procurar la justicia y, de paso, no enajenar lo
que no es suyo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario
La Caracola agradece su disposición de contribuir con sus comentarios positivos, siempre basados en el respeto a los demás y en la ética de la comunicación popular.