Por Juan Llado
No hay que ser un “corazón
sangrante” para condolerse de las penurias de los demás. Si estas son
lacerantes y las sufren los envejecientes, quien no se conduela tendría un
putrefacto cactus de corazón. Esos corazones, de todos modos, pueden irse al
carajo si no están de acuerdo con que se vaya en auxilio de los viejitos que, a
duras penas, trajinan día a día por las calles de Santo Domingo empujando una
carretilla o pedaleando un triciclo. Al igual que se ha hecho con otros
desheredados de la fortuna, el Estado debe ir en su auxilio para aligerarle su
pesada carga.
Si por solidaridad entendemos
la suma de la generosidad y la empatía, hacer tal cosa es un requisito mínimo
de solidaridad social. En términos generales, los envejecientes merecen ser
tratados con una consideración especial por la sociedad, si solo porque sus
facultades han menguado y sus eclipsadas capacidades les restan fuerzas para
confrontar los desafíos de la supervivencia. Si a ello añadimos el sambenito de
trabajar como cuentapropistas para ganarse el sustento diario, entonces ir en
su auxilio es un deber sagrado. Son veteranos de la vida que merecen que sus
años dorados sean menos onerosos.
En su discurso el pasado 27 de
febrero, el presidente Medina lo dijo: “Igual que atendemos a nuestros hijos en
edad escolar, también es nuestra obligación atender a nuestros adultos mayores.
Porque no hay mayor tranquilidad que saber que podemos contar con una vejez
digna y con un Estado presente, que nos ayuda a lo largo de toda la vida. Esta
es una tarea a la que está plenamente entregado el Consejo Nacional de la
Persona Envejeciente (CONAPE): ofreciendo servicios de salud, proyectos de
inclusión social y servicios legales, entre muchas otras iniciativas, a más de
220,000 adultos mayores. Sin embargo, nuestro objetivo es seguir ampliando
derechos, por eso este año estaremos entregando por primera vez las pensiones
solidarias, tal como está previsto en la ley de Seguridad Social, con una
inversión inicial de más de 500 millones de pesos.”
Esas
“pensiones solidarias”, sin embargo, no alcanzan a los carretilleros y
tricicleros mencionados. El CONAPE tampoco
acude en auxilio de ancianos que deambulan en las calles tratando de ganarse el
sustento por sí solos. La entidad tiene un servicio especial para facilitar el
empleo de “adultos mayores activos y productivos” por parte de las empresas
interesadas. Pero esa intervención es pasiva en tanto no reclutan a las
empresas, sino que solo responden, a través de un servicio en línea, a
peticiones de personas iniciadas por ellas. El CONAPE se concentra más en
regentear 36 asilos u hogares de ancianos en todo el territorio nacional.
Los ancianos carretilleros y
tricicleros son muy singulares. Porque optan por faenar diariamente, se puede
asumir que no tienen familiares jóvenes que pudieran acolcharle su vejez y
hacer su trajinar innecesario. Pero también es posible que, aun teniendo esos
familiares, se encuentren desarraigados por otras razones. No es raro, por
ejemplo, que algunos ancianos centren su valor personal en arreglárselas solos
y depender de sí mismos. Pero independientemente de las motivaciones que los
lleven a tener que soportar el cruel tormento de su ocupación callejera, lo
cierto es que necesitan ayuda. El estado auxilia a una gran variedad de gente
con donaciones y prestamos, por lo cual no seria irrazonable pedirle que
también a estos vulnerables y venerables ciudadanos les preste su cooperación.
No convendría ofrecerles tal
protección que le haga innecesario trabajar. Para muchos de ellos que están
acostumbrados a hacerlo, un auxilio de esa naturaleza serìa contraproducente.
Lo màs sensato, entonces, sería hacer más fácil su trabajo reduciendo
sustancialmente el esfuerzo físico que tienen que desplegar para empujar sus
carretillas o triciclos. Solo con eso se lograría hacer más llevadera su
existencia. Si el Estado ha ido en auxilio de choferes del transporte público
facilitándole la adquisición de nuevas unidades de trabajo, también debe ser
posible hacer lo mismo con unos 500 ancianos que se dispersan trabajando por
las calles de Santo Domingo, Santiago y otras ciudades del interior.
Hay que declararle la guerra a
la indolencia, y la solución más práctica es motorizar el triciclo o la
carretilla. No se trataría de dotarlos de una camioneta o algo por el estilo,
sino de proveerles un vehículo similar al que hoy tienen, pero motorizado (ver imágenes). Tal vehículo deberá llenar algunos requisitos claves: que sea fácil
de manejar, que le permita al conductor vigilar su carga, que le guarezca del
sol, que el compartimiento de carga sea ligero (para evitar cargas
peligrosas y demasiado pesadas) y que ofrezca seguridad contra embestidas. No
puede ser demasiado lujoso porque incentivarían el asalto o la venta del
vehículo por parte de sus propietarios.
Como un reconocimiento del más
alto nivel a la dignidad del trabajo, similar al que le hacen a maestros y otros
destacados ciudadanos, el Ministerio de la Presidencia debe asumir el
proyecto. Existen numerosos vehículos alternativos de muy bajo costo
fabricados en China o
la India que
pueden cumplir con el propósito. (En vista de los precios de esos vehículos, el
monto total no pasaría del millón de dólares para el proyecto completo.) Una
vez se hayan importado, CONAPE podría encargarse de identificar a los que
califiquen en cada ciudad y asegurar el entrenamiento debido. Màs adelante se
decidiría si los beneficiarios deben pagar algo aunque reciban un bono similar
al que da el Estado para algunos proyectos de viviendas.
El grado de civilización de una
sociedad se mide por la calidad del cuidado que reciban los ancianos y los
niños. Y como en algunas calles del Distrito Nacional han aparecido gigantes
afiches que advierten que el maltrato de perros y gatos es un delito, tenemos
que admitir que, en relación con el actual desamparo de los carretilleros y
tricicleros, somos culpables de un delito social. Dada la grandeza moral de su
ejemplo, Juan Pablo Duarte se sentiría orgulloso de que subsanáramos eso y
emprendiéramos el proyecto aquí sugerido. El sol debe salir para todos.
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