Por Juan Matos
Nadie contó su historia de niño bateyero. Las aulas no nos cuentan si
trinaba y saltaba, o bien, si acaso era muy quedo. Los rieles del batey, ya
enmudecidos, ni el crujir de las ruinas dicen si maroteaba cañas a los vagones,
o volaba chichigüas como cualquier mozuelo de pantalones cortos. El flamboyán
no cuenta de sus cuitas ni el laurel atestigua de esa sonrisa leve que se
advierte en sus ojos lejanos. Calla el aura del cayo. Se ha arenado en el
tiempo aquel raudo latir, brotado de algún puberto anhelo que le insomneara el
alba enamorada.
¿Cuán profundo sostenía la mirada? ¿De qué color sus ojos
pintaban el mar de la esperanza? No hay vestigio. Las pulpas del café depilado
en la fábrica, allá, en la esquina empotrada, colindante al ingenio, efigian su
figura al viento de las palmas, o acaso en las arenas de su cayo ancestral, se
desdibuja a diario la huella de su vida…
¿Era proscrito el nombre del héroe de aquella foto infame que circuló en
las calles, cual símbolo inefable del terror y del miedo? Silencio. Olvido.
Complicidad colectiva. Hay una calle muda que le nombra. Todo cuando más.
Cumplido el protocolo, el Cabildo se esfuma lo mismo que la historia. Las aulas
—miopes y desmemoriadas— soterran a los héroes.
José Mesón, empero, reclama su nombre en las escuelas: una siembra
acerada de la memoria histórica que coseche en los pechos, bravías mentes
claras, ávidas de justicia. No en vano con sus venas, con sus heróicas venas,
se cobijó el nidal libertario de una Raza Inmortal que honra el calendario. ¡Ni
un día más que lapide sus nombres! José Mesón, tu nombre taladra aún
conciencias. Tu estirpe y tu legado revientan los silencios. Chimeneas aún
braman en todos litorales donde los hombres libres ondean la bandera del alba
justiciera.
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