La frontera, ¿una ficción?
La frontera dominicana es y no es frontera.
Podría estar más cerca de una fi cción que de la realidad.
Sus bornes, los únicos elementos visibles que servían para demarcarla, ya desaparecieron.
Desde hace tiempo, por medio del empuje de masas humanas que buscan el agua, el bosque, la madera, los frutos y las tierras fértiles, los límites fronterizos dejaron de serlo. Y resulta que ahora solo se tiene una frontera de la imaginación, gracias a que en el pasado hubo claras señales que identifi caban cuál es nuestro país, y cuál es el país vecino.
Procurando remedios, la comisión de asuntos fronterizos del Senado se prepara para recomendar que se apruebe una resolución para revisar los límites fronterizos consagrados en el Tratado Fronterizo Dominico-Haitiano y su respectivo protocolo de revisión.
Es una iniciativa que surge ante el hecho de que se ha producido un incremento de los asentamientos de haitianos en territorio dominicano, producto de muchos factores.
En la medida en que los asentamientos se arraigan y se expanden, el ocupante se va sintiendo dueño y poseedor de derechos adquiridos.
Esa es una realidad que muchos han comprobado, de la que nadie se escandaliza.
Por eso se dice siempre que nuestra frontera es porosa, vale decir, llena de cavidades o espacios por donde cualquiera camina o cruza, de manera ilegal en el caso de haitianos que entran, viven y crean asentamientos sin poseer permiso ofi cial de ingreso, mucho menos de residencia.
La resolución del Senado va más allá de la revisión y actualización de los límites fronterizos, y plantea también el deseo de que se concretice la construcción de la carretera internacional por parte de los dos países (una quimera, por el momento), y que se dispongan los recursos necesarios para que el control, la vigilancia y la seguridad fronteriza sea mayor de lo que hasta ahora ha sido, porque a pesar de tantos militares y equipos estacionados en esos lugares, la inmigración ilegal sigue imparable y voluminosa.
Por eso es una ficción.
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