1 de junio de 2015

LECTURAS Y VIVENCIAS DE CARLOS DARÍO

El Ulises de Joyce y Yo

Por Carlos Darío Sousa S.*

Hace años, no tantos como mi imprecisa memoria  me quiere hacer saber, empecé a leer el  Ulises, de Jame Joyce (1922). Creo, o mal recuerdo, que eso fue producto de que vi una película basada en el libro, sobre la que sólo recuerdo (eso si estoy seguro), que era blanco y negro y que la proyectaron en el teatro Ercilia, y nada más.

Eso sí, quedé con esa, como me quedó luego, también pendiente, una conversación sobre el tema con Don Antonio Méndez, que quedó trunca por su ida a destiempo.

Como todo en la vida tiene eso que podemos llamar
salida, y que en el caso de la mente con un hecho concreto, no te deja aunque tú quieras, viene y te sale al paso cuando hilas una relación, o como cuando le pasas por el lado al libro, y lo ves así de reojo, y el mismo te dice que tenemos pendiente la continuación de la lectura. Así son los libros de sofisticados y de absorbentes, por no decir veleidosos con su importancia. No los puedes dejar sin terminar, pues de buenas a primeras se conectan con los recuerdos acumulados, almacenados, o como usted quiera decir, y te hacen la vida imposible para que concluyas lo que ya sabemos que tenemos pendiente, que sabemos que hay empatía y una conexión personal.

Ese libro, que desde hace la intemerata de días están sin concluir, ha estado esperando la madurez  (la mía), para que le dé continuidad y sentido, pues como alguien dice, que en la referencia es dijo, no todo el mundo puede entenderlo. La verdad monda y lironda es que hay que tener una base intelectual y de formación cultural para entender su contenido, que es tanto como su hilo conductor.

La historia es la parte de la vida de la que formamos parte, que podría ser una intrahistoria, cambiante, visible, puesta, como decía Unamuno, al servicio de los anhelos. Conocerla implica saber en qué punto estamos con relación a la intención de un autor. Saber la historia, mínimamente, de los griegos, nos da el sentido de Joyce. Por eso, descubrir que no se puede dejar a medias la lectura del libro, es parte de su clave. Eso sí, me la leí casi de un jondión, es decir, en algunos días, pues no hay nadie que lo pueda hacer sin parar, a menos que deje de comer y dormir, hacer sus necesidades básicas, sin perder el hilo, y aun así necesitas tiempo para reflexionar y comparar lo que lees con las historias, o los mitos, que nos vienen del pasado lejano, es todo uno.

Ahora que puedo, puedo decir que lo mismo me pasó con la muy amplia obra de uno de los grandes de la ciencia-ficción, Isaac Asimov, que no sólo fue capaz de escribir su ficción montada en la historia del Imperio Romano, sino que fue más capaz aún de escribir sobre termas de la Historia Universal, y de varias obras de divulgación científica y tecnológica, como podemos constatar en su larga lista bibliográfica.

Pero volviendo a Joyce, creo que lo impresionante de la obra no es lo larga que sea –la que leí tiene 717 páginas, un prólogo de 28, un esquema de cada capítulo de 27, más un esquema de interpretación con 9 páginas, lo que hace un gran total, con una referencia al autor más los créditos, de 783 páginas (creo que la pica es de 10). La traducción es de J.M. Valverde, y editado por Lumen Tusqets Editores, 7ma. Edición, 1999-. Lo que impresiona es la capacidad del autor para tejer, y nunca mejor dicho, una trama que va a durar 18 horas en la vida de unos personajes, tan humanos, tan físicos, tan citadinos, tan llenos de paisajes como de referencias geográficas, que no se pierden en ese tiempo. Es que son intemporales, perduran como el infinito, se cruzan, se entrelazan, se desconocen, se pierden en las brumas o nieblas de Dublín, tienen vidas propias, colectivas, pensamientos que arrastran fotos de la realidad en que viven, o son simplemente humanos, con todas las características y actuaciones que eso implica.

El Ulises es un libro que no quiere que cuando tú lo leas te quedes callado, él te obliga que hagas una crónica, o al menos una pequeña reseña, y esto como perdonarte, que si no, no te deja tranquilo, y quiero decir todas las veces, como cuando le pasaba por el lado y me exigía seguir leyéndolo.

Mientras vivía en España, un gran amigo y compañero de pensión me decía que por qué no subrayaba los libros y yo le decía que no, que eso los dañaba. Me contestaba que no, que era lo contrario, que eso era lo que a ellos les gustaba. Desde entonces los complazco a ambos. Y eso me da la oportunidad de guardar aspectos que voy considerando importantes y que, como ahora, me dan la oportunidad de sacar fracciones del contenido que reflejan un momento, un recuerdo, una añoranza, o simplemente algo que me impactó por su referencia y reflejo de una realidad que puede concretizarse en ese pasaje. Es que el Ulises es eso. Alguien dijo que el todo, yo diría que lo es por su abarcabilidad, y uno es parte de un todo, la vida, no importa las latitudes donde se desarrolle esa vida, es un todo, aunque hoy prime el todo por su inabarcabilidad.

El señor Leopold Bloom es el personaje central de la obra, y él puede ser el Ulises de la Odisea, o ser perfectamente cualquiera de nosotros, de cualquier hombre que pasea por cualquier gran ciudad, o ciudad simplemente, narrando o pensando, observando todo lo que nos pasa por los lados o por nuestros pensamientos, pero con una gran coherencia y sin atisbos de temor en sus planteamientos. El Bloom, el Ulises, que nos presenta Joyce, es un personaje normal, con todos los atributos de un ser normal, lo que pasa es que él, en un alto porcentaje, y a diferencia de nuestros pensamientos y diálogos internos, no quedan plasmados en escritos o en literatura que trascienda esos momentos, los de él sí. Por eso la novela es tan importante. Si realizamos un esfuerzo similar, veremos el valor de la misma, y más si la desarrollamos en un contexto y una referencia a la misma historia del ser humano.

Por supuesto, “La novela” está cargada de referencias, por ejemplo: nos refiere el término “Metempsicosis”, que en griego quiere decir transmigración de las almas, para luego decirnos “Algunas gentes cree que seguimos viviendo en otro cuerpo después de la muerte, y que hemos vivido antes. Eso lo llaman reencarnación. Que todos hemos vivido antes en la tierra, hace miles de años, o en algún otro planeta. Dicen que lo hemos olvidado. Algunos dicen que se acuerdan de su vida pasada”. ¿No nos suena eso a algo conocido? Es que estamos acompañados desde siempre por esas creencias o en el extremo de nuestros pensamientos, por esas dudas.


Podemos seguir buscando referencias y vamos a encontrarnos con poesía, con humor, con música –La danza de las horas- y todo lo que rodea la vida del ser humano, mujer ó hombre, que al final es lo mismo que vida. Haga un listado de personas, de actividades, de deseos, de sueños, de insultos, de ruidos, de sexo, de enfermedades, de afrodisíacos, etc., encontrará a Xantipa y al Quijote, a Milton y a Shakespeare, y hasta ferretería y, lógicamente, de otras cosas que activan nuestra memoria –Veo ahora. Ahí, todo el tiempo sin ti: y será para siempre, mundo sin fin- y podrá comprobar que efectivamente, ahí está todo.

*El autor es catedrático universitario.-

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