El Guión (1 de 2)
Por Carlos Darío Sousa
Guión, según una de las
acepciones del diccionario Larousse, es “Esquema director para la redacción de
un texto, para pronunciar un discurso, para el desarrollo de
un programa de
televisión// Texto en el que figura el diálogo de una película con todos los
detalles relativos al rodaje, tales como planos, luces, decorado, efectos
especiales”. En el Larousse de sinónimos y antónimos, guión es “Argumento,
sinopsis, libreto, asunto, tema// Raya, línea, signo, trazo”.
A todos los que desde niños nos
gustó el mundo del cine y que fuimos al matiné del Ercilia, y de adolescentes a
las tandas Vermut, y en las noches también al Unión y al Bahoruco, y ya fuera
del ámbito provincial y en otras latitudes seguimos con esa afición, y hoy, ya
en el otoño de nuestra vida seguimos dándole gusto a la afición, un poco más
amplia con la adición al teatro, y un poco en la tangente con la música culta,
gracias al Cable y a los sistemas satelitales, las Parábolas, se puede ver el
canal de la UNAM (Skay), y en otras el canal norteamericano ARTS, francamente
de lo mejor que existe en los sistemas de televisión cultural.
Así pues, esas actividades se
realizan gracias a un montaje en base a un guión, cuyo autor o autores tienen
el crédito por los mismos.
La política, y muchas veces las
empresas, realizan sus actividades en base a guiones, como si fuera una
película, una obra de teatro o la puesta en escena de una Sinfonía o de un
Ballet. Todas tienen un guión, y el éxito de su montaje, combinación de
diferentes partes, está en el guión y en el argumento, en su contenido, que es,
por supuesto, parte del guión. Y si éste tiene los “sabores” que le gusta al
destinatario, que es el público, puede garantizar más o menos el éxito.
Por aquel entonces, en el tiempo
lejano, llamábamos “clavo” a aquellas “películas” que hoy se llaman de tercera
(por no decir de quinta) o estafa, cuyos guiones eran francamente intrascendentes,
aunque a veces aparecía alguna con un populismo plebeyo y con aristas
políticas, y alguna con un mensaje en lo subliminal con indicaciones sexuales,
que nos dejaban pensando, y no más de ahí, pero de todas formas íbamos a
verlas, al fin y al cabo el Barahona de finales de los cincuentas e inicio de
los sesentas no ofrecía muchas alternativas a los adolescentes.
Nos fuimos tirando las “mexicanadas”,
incluyendo los clavos de Clavillazo. ¿Se acuerdan de “Todo calmadito”? Las
series de pancraciastas y las de charros cantantes enamorados y serenateros
(Pedro Infante, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía), muchas con canciones de
Manuel Esperón (1911-2011), que le puso música a 489 películas (“Allá en el
Rancho Grande”, “Ay Jalisco no te rajes”, “A la orilla del mar”, “Amorcito
Corazón”, “Flor de Azalea”). O el mismísimo Agustín (y siete nombres más)
Lara (1900-1970) (a quien tuve la oportunidad de conocer en la cafetería “Puerto
Rico”, en la Gran Vía de Madrid, en 1964) con un piano montado en un camión,
entonando “Farolito”; de rumberas (algunas de ellas vinieron a la Semana Aniversario),
como María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Tongolele, con su mechón, Ana Bertha
Lepe, todas dando piquetes, y más bien escasas de ropa (mucha para los niveles
actuales), y la verdad, el argumento era lo de menos; y de gánsteres con
sombreros tipo americano, que ni cerca estaban de las caracterizaciones de
James Cagney o de Humphrey Bogart.
Hay algunas películas con guión de
Luis Spota, el mismo que escribió en época de dominio del PRI la serie “La
costumbre del poder”, y que disfrutamos y comparamos con la realidad dominicana
de finales de los 60s y parte de los 70s.
Cantinflas y sus cantinfladas era
otra cosa. Con él y todas las películas mexicanas, siempre dimos un paseo por
ciudad México y la realidad política de ese país.
Claro que otro tema era el de las
guerras, o de acción bélica, que nos despachaba la Fox y la Republic Film y
otras productoras, que conjuntamente con las de fantasías, esos monstruos
japoneses, como la “carcaña”, o de invasiones extrarrestres que llenaban un
buen espacio de nuestras noches a partir de las ocho y quince cuando se apagaba
el timbre del Unión, o las luces del Pórtico del Ercilia o del Bahoruco.
De las de guerra, había que
recordar entre otras, a “Guadalcanal” (1943), donde vimos a Richard Conte con
su ametralladora Thomson, tirando tiros sin agotar el peine. La pasaban todos
los años.
Y en la Ciencia Ficción, ya con
argumentos más trascendentes, “El día en que la tierra se detuvo”, según la
versión actual y que la primera se llamó “Ultimátum a la Tierra” (1951), done
pudimos oír, por primera vez, “Gort, Klatu Baranda Nikto”, para que el enorme
robot sea obediente, se desactive y no destruya la tierra. Por supuesto, ¿quién
puede olvidar “El Planeta desconocido”? (1956), que contiene el argumento del
científico que crea un verdadero monstruo con su poder del cine, y que lleva
hasta el infinito las reglas que rigen la materia y que fueron expuestas por
uno de los más grandes de SyFy, Isaac Asimov.
Por supuesto, por ahí estaban
Sara Montiel, con su “Último Cuplé”, y Joselito (él solo era película),
llenando de canciones que, a pesar de los años, seguimos cantando como si
fueran de ahora mismo. Los “triple hits” del Bahoruco, de luchadores, El
Enmascarado de Plata, El Santo. Cómico como Clavillazo, y el siempre bien
acompañado y sicalíptico Tin Tan, con su carnal Marcelo, que ameritaban un
permiso especial (por la hora de salida), y había que estar ojo avizor dentro
del cine, por si Diablo Viejo hacía de las suyas.
Las series siempre fueron parte
del complemento del matiné: Flash Gordon, en Ciencia Ficción, y los de lucha libre
mejicanas, hacían que se llenara el Ercilia y el Bahoruco.
*El autor es catedrático universitario.-
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