28 de abril de 2015

JRR o JR (1 de 2)

Por Carlos Darío Sousa*

Un amigo me decía hace unos días, que algunos autores de libros hacen del sexo su especie de “leitmotiv” en sus argumentos y hacía referencia a alguien a quien tengo estima y reconozco como uno de los profesionales más formados y que simplemente es paradigma en la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma. Me refiero a José Roberto Ramírez –desde ahora JRR-, quien escribe bajo el seudónimo de José de Rosamantes –desde JR-.

Podemos estar o no de acuerdo con lo que escribe y de cómo escribe. No nos está remitiendo a una realidad
diferente ni nueva en el quehacer humano.

Si nos remontamos a la época en que la escritura empezó a sustituir la tradición oral, nos vamos a encontrar referencias al sexo y de las actividades que se desencadenan alrededor del acto. Por algún motivo, la población mundial sigue creciendo y siguen existiendo desviaciones, a pesar de los frenos Malthusianos.

En su recopilación de “Voces de Oriente”, Ed. Porrúa, 1990, Ángel Ma. Garay K. nos brinda un amplio panorama de los pensamientos, o los poemas, escritos en tablillas de barro y recolectadas y traducidas de la escritura cuneiforme desde el año 1852, y que nos coloca de lleno en sociedades como la Sumeria, en Arcadia, en Ugarit, Hittitas, Aram y Arabia, o en el Egipto de la escritura demótica.

En “Canto de Amor de Sumeria”, poema hallado en Nipur, sin fecha conocida, dice como sigue:

Dio a luz ella y él es bello.
La virgen del vino dio a lkus
¡Dulce vino hecho de dátiles!
Su seno es vino de dátiles,
Vino de dulce sabor,
Su beso es vino de dátiles,
Vino de dulce sabor.
El me amó y se dio a mí
Él me amó, él me amó

De Acadia, “Normas de vida moral”: “No te cases con ramera: tuvo seis mil maridos”. “La mujer que se entregó a Istar no tiene medida en su entrega”.

De Egipto: “Cantos de amor”. “Amado mío, amado mío, mi corazón arde por ti. Tú lo pusiste en el ser. Te digo: Mira lo que hago…”

Este es un poema árabe de “Cantos de Amor Árabe”:

Besar tus ojos es embriagarme con almizcle
Impregnada de olor a tu piel.
Abrazarte es sentir el desmayo,
El de rama de sauce que al viento y al aguacero se doblega.
Besar tu boca es quedar ebrio,
Sin haber probado el vino.
Cuando amanece la belleza se mira en el espejo
Y se declara esclava de tu hermosura.
 
No sabemos a ciencia cierta cuándo fue escrito, pero lo cierto es que en el antiguo Testamento nos encontramos “El cantar de los Cantares”, que deja muy poco espacio para no imaginar otra cosa, que la cosa, o como decía el vendedor de botellas de damajuana: la cosa para la cosa. “¡Oh, si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino”. “Tus dos pechos, como gemelos de gacela, que se apacientan entre linos”.

Lo que podemos llamar como literatura erótica e imágenes cargadas de sexualidad explícita, existe desde que el ser humano fue capaz de plasmar esa realidad.

Los griegos, a veces tan desbordantes, y siempre tan pioneros, (en su literatura están reflejadas todas las actividades humanas). Pues de ellos es que provienen todos los motivos, si lo prefieres, argumentos, de la literatura universal: el amor, el odio, la fidelidad y la infidelidad, la guerra y la paz, la tragedia, el honor, la aventura, el lesbianismo, la homosexualidad, la virginidad, y “cien” temas más.

En la obra de teatro de Aristófanes, “Lisistrata”, vamos a encontrar una buena dosis de erotismo –y de política también-, aunque para obscenos están los poemas de Sotades. Aunque el trasciende también porque se le atribuye la invención de los polindromos.

El problema de concretar las costumbres sexuales de Grecia a veces es difícil, porque es separar la mitología de la realidad, y mucho más difícil es compararla o contrastarlas con las costumbres existentes en la actualidad. Aunque se puede ver, que ya entonces, y mucho antes, existía la prostitución.

Si pasamos a Roma, el desborde es absoluto. La promiscuidad fue un signo evidente de esa sociedad. Las relaciones sexuales fuera y dentro de las parejas siempre fueron evidentes y normales.

Las prácticas sexuales entre las clases dirigentes o entre los emperadores, hoy podríamos calificarlas de depravadas. Tiberio, Nerón, Calígula, Adriano, fueron maestros en prácticas que van desde la felación a la pederastia.

En las ruinas de Pompeya han quedado plasmadas en muros de muchos de sus edificios, murales con imágenes que no dejan espacio para la especulación.

La India antigua nos legó dos de los libros con literaturas e imágenes más importantes, relativo a las prácticas, o manuales sexuales. Me refiero al “Kamasutra” y el “Ananga Ranga”. Este es un libro de instrucciones que hasta te dice lo mejor hora y prologómenos para practicar el sexo dependiendo de la fecha y hora de tu nacimiento. El otro, por decirlo con términos actuales, es un libro de “Números”.

La poesía clásica japonesa, los “haiki”, cargadas de metáforas y que muchas veces eran escritas por mujeres tenemos ingente cantidad de ellas, como refiere Carlos Rubio en su libro “El Pájaro y la Flor”, Alianza Literatura, 2011. Pero donde también encontramos a Ariwara Narihirael Don Juan japonés, a quien la poetisa Izumi Shikibu (976-1025) refiere en su diario ¡Aquí tumbada con mi cabello negro alborotado! ¿Cómo añoro la mano de quien la acariciaba?


Con la difusión del cristianismo se van introduciendo normas morales que van a cambiar el sentido, no a eliminar, las relaciones sexuales. Esas normas morales, provenientes de las tablas mosaicas, serán recogidas y ampliadas, marcando una pauta a la sociedad de entonces. Por ejemplo: “no fornicar”, “no desear la mujer de tu prójimo”, que en la literatura ni en la pintura tendrá peso específico, a pesar de venir rondando por ahí mismo la censura que impone “La Inquisición”.

*El autor es catedrático universitario.-

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