Por Ernesto Heredia
Quienes crecimos en Barahona sabemos que los apagones no son solo una falla del sistema eléctrico, son parte de una historia de abandono que el Sur ha tenido que soportar durante décadas. En mi niñez recuerdo perfectamente las noches a oscuras, los barrios encendidos por la indignación y las protestas con quema de neumáticos reclamando algo tan básico como la electricidad.
Durante años, esa fue la realidad cotidiana de muchas comunidades. La gente se cansó de esperar soluciones y salió a las calles a exigir un servicio que debería ser garantizado por el Estado. Con el tiempo, especialmente durante los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana, el servicio eléctrico en Barahona mostró una mejoría notable. No era perfecto, pero los apagones dejaron de ser el tormento permanente que marcó la vida de generaciones enteras.
Hoy, lamentablemente, Barahona parece retroceder en el tiempo.
Los apagones han vuelto con frecuencia, las quejas de la población se multiplican y nuevamente comienzan a escucharse voces de protesta en los barrios. Lo que parecía un problema superado, vuelve a convertirse en uno de los principales dolores de cabeza de la provincia.
Y lo más preocupante es que la electricidad no es el único problema. La falta de agua potable continúa afectando a muchos sectores, mientras las oportunidades de empleo siguen siendo limitadas. Esta combinación de carencias ha empujado a miles de barahoneros a abandonar su tierra en busca de oportunidades en otras ciudades del país o en el extranjero.
Es una realidad dolorosa: Barahona expulsa a su propia gente porque no logra ofrecerles condiciones dignas para quedarse.
El Sur no puede seguir viviendo de promesas ni de discursos optimistas, mientras los problemas básicos siguen intactos. Una provincia con potencial turístico, recursos naturales y una población trabajadora, no debería estar protestando en pleno siglo XXI por algo tan elemental como la luz.
Cuando ocurren los apagones, no solo se apagan los bombillos de las casas, también se enciende el recordatorio de que el Estado sigue en deuda con el Sur. Y Barahona, una vez más, vuelve a quedar en la oscuridad de las prioridades nacionales.
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