11 de abril de 2020

Cómo se Comunicaban las Noticias Sobre Epidemias y Otros Asuntos en Aquellos Años


Por Rafael Hernández

Sin la radio-tv, teléfonos, celulares y las redes, era muy difícil transmitir noticias. Había telégrafos en la segunda mitad del siglo XIX y al final, cuando Lilís, se introdujeron el teléfono, la electricidad, y el país se conectó con el cable internacional.

Las noticias llegaban en código telegráfico y el gobernador tenía un decodificador. Entonces el gobernador formaba un Bando, salía montado sobre un caballo, mientras los miembros escogidos de la banda militar tocaban redoblantes, la gente se aglomeraba en determinados puntos de la ciudad y allí, con aire marcial, el gobernador o su delegado, leía el Bando con las instrucciones de lugar.

El sistema consistía en que los cónsules en los diferentes países, tan pronto se enteraban que en algún lugar había un brote de alguna enfermedad, inmediatamente comunicaban por telégrafo o por el cable a las autoridades dominicanas. Entonces, cualquier barco que llegara de esos lugares, era sometido a una cuarentena. Si la enfermedad entraba al país, inmediatamente se utilizaba el sistema de Bandos.

Ya en los inicios del siglo XX que se introdujo el teléfono, solo había uno en la Gobernación, quien autorizaba previo permiso al Ayuntamiento, Tribunales de Justicia y otras dependencias estatales, a enviar o recibir telefonemas por el mismo. Luego, algunos emprendedores como José González, instaló una compañía telefónica en La Vega y Pelayo Rancier otra en Moca, y así sucesivamente en dos o tres más de las principales o ciudades. Incluso, en esos tiempos de los años veinte, en Obras Públicas y Comunicaciones ya se hablaba de teléfonos Wireless. Pero el número de los abonados era muy limitado, salvo que todos los comercios de La Vega, además de tener teléfonos en sus negocios (y a veces hasta en la casa) estaban conectados al cable y los importadores y exportadores tenían empleados que dominaban inglés, francés y árabe.

La Vega tuvo la ventaja de tener ferrocarril conectado con Sánchez-Samaná desde 1887, y diez años más tarde Puerto Plata con Santiago (ambas compañías tiraron un ramal que conectaba a Moca), lo que les dio ventajas informativas sobre otras provincias por la cantidad de viajeros extranjeros que a diario visitaban dichas comunidades. Las ciudades con puertos también disfrutaron estos privilegios. Luego, en 1920 llegó la carretera Duarte a La Vega desde Bonao y continuó hacia Moca y desde ahí a Santiago (aunque en realidad a Moca llegaba un ramal construido en tiempos de Mon Cáceres, uniéndola con La Vega, y fue aprovechado ese viejo camino para construir la Duarte y kilómetros antes de llegar a Moca, gira hacia Santiago pasando por Licey al Medio).


Entonces, prevenidos los gobiernos, a través de Relaciones Exteriores, el asunto pasaba a Interior y Policía, que instruía a los Ayuntamientos sobre la situación epidémica y estos se preparaban para las emergencias. Cuando había vacunas, las pedían al extranjero, porque los Ayuntamientos eran auténticos Gobiernos Municipales con un Dpto. de Sanidad y Bienestar Social, dirigido por un Médico que convocaba a Asamblea permanente y todos los médicos del pueblo formaban un Comité permanente de Emergencias que enfrentaba con éxito cualquier epidemia, incluso trabajando gratuitamente. Además, en Bienestar Social el Ayuntamiento proporcionaba parteras a las mujeres parturientas, pues todavía no teníamos ginecólogas sino para un reducido núcleo socio-económico y la mayoría nacíamos con la asistencia de las parteras municipales. Igual cuando alguien no tenía con qué divorciarse, el Ayuntamiento le daba la asistencia legal gratis, y desde luego, cuando la epidemia estaba en su pico, se encargaba de recoger los cadáveres en las carretas del tren de limpieza (recogida de basura), tiradas por mulas, y los depositaban en las fosas comunes del cementerio. Siempre la fuerza pública y la policía municipal (no existía la PN actual) se encargaban del orden en estos casos, de hacer cumplir las cuarentenas e impedir los velatorios, para detener el contagio.


Me ha tocado vivir Tres tipos de Semana Santa

En mi niñez la semana era de recogimiento total. Venía tía del campo con un saco de gandules. ¡A desgranar gandules!, porque eso no se veía en el resto del año, habas, gandules, tomates grandes, repollo, bacalao, lechuga, tayotas, berenjenas, abundancia de huevos. Recuerdo a mi madre cantando todas esas tonadas religiosas. De tardecita, a bañarse todo el mundo para vestirse adecuadamente e ir al Viacrucis, que veo que han variado muy poco.

Desde entonces me encantaban las imágenes de los santos, y luego por la mañana buscaba barro y los modelaba como todo un escultor. Luego íbamos a volar chichiguas, porque todavía eran muy escasos los automóviles en las calles. 

El atractivo para los muchachos eran la Habichuelas Dulces (no con dulces). Las hacían con leche de coco y ese coco lo pelaban y guayaban el miércoles en la noche o el jueves temprano, la generalidad de la gente utilizaba leña y fogones, y esa leña era astillada desde el miércoles, para no tener que hacer ningún ruido durante la muerte y velatorio de Jesucristo. Si un muchacho hacía algo malo que mereciera una pela, se la diferían para el repique de Gloria, que entonces era el sábado a las diez de la mañana. Los jueves en la noche era el lavatorio de pies y el viernes a la una era el sermón de las Siete Palabras, que todos escuchaban, o en la iglesia que se abarrotaba y quedaba mucha gente fuera y en el parque, o por la radio donde los había, pero eso sí, lo ponían a todo volumen. Solo quedaba La Voz Dominicana difundiendo música sacra que la gente por lo general no entendía, ninguna otra de las escasas emisoras de radio laboraba. Solo teníamos el canal 5 de La Voz Dominicana de Santo Domingo (ciudad Trujillo). El sábado en la tarde se abarrotaban los cines para ir a ver La Pasión de Cristo, ya muy deteriorada por el sobreuso.

El viernes era un día nulo, como si no existiera, pero en la tarde estaba el Santo Entierro, en coche de cristal tirado por caballos. Recuerdo que cuando el cura se subía a la escalera para quitarle los clavos al crucificado y colocarlo en el ataúd de cristal, muchas mujeres lloraban y caían con ataques como era costumbre en los velatorios de aquella época. Primero llevaban la procesión con el ataúd a la iglesia de San Antonio y posteriormente a Domingo Savio. Durante el encontronazo Trujillo-Panal, entonces fue llevado al Santo Cerro, Siempre asistía un batallón de la primera brigada del Ejército Nacional, sito en la fortaleza Concepción.

El sábado de Gloria, a las diez de la mañana, cuando sonaban los campanazos y la sirena de los bomberos, entonces venía un mayúsculo desorden, pues todos los tiestos que sonaran eran amarrados y la gente salía corriendo por las calles arrastrando esos tiestos. Entonces venía la Quema del Judas, un muñeco relleno de fuegos artificiales que era colgado debajo de un árbol y una vez encendido, explotaban todos los fuegos artificiales. Al llegar a la casa, si usted tenía una pela pendiente, le esperaban con la correa en las manos.

Pero cuando cursaba el bachillerato ya eso no existía, era por Acapulco, Bayacanes y Jarabacoa. Y confieso, que para mí nunca fue bien visto ese tipo de celebración, y no tuve una gran participación en la misma y eso se fue haciendo cada vez tan pesado y el consumismo carcomió todo, hasta nuestros días. Pues hoy estoy disfrutando del Tercer tipo de Semana Santa, tranquilo, sin siquiera salir al frente de la casa, enciendo la radio y qué asco el tipo de música que está poniendo la mayoría de las emisoras, aunque otros están con ministros en reflexión. Las playas y balnearios están clausurados y con vigilancia policíaco-militar, pero las piscinas particulares están convertidas en vector de contagio. Solo a la fuerza se logró esto de nuevo. Aquí en el sector de La Vega donde vivo, hace tiempo que el día no existe, silencio total.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La Caracola agradece su disposición de contribuir con sus comentarios positivos, siempre basados en el respeto a los demás y en la ética de la comunicación popular.