Por Juan Llado
Cada vez es mayor la afluencia de la clase
media capitalina a la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Para ella, el sitio se
está consagrando como un oasis de esparcimiento, especialmente los domingos y
aun con el escaso espacio de estacionamiento. Sin embargo, a pesar de que su
limpieza y seguridad han mejorado últimamente, el recinto exhibe algunos vicios
que ameritan una urgente atención de las autoridades competentes. No hay porqué esperar a que se inicie la ejecución del nuevo “programa
integral de desarrollo turístico y urbano” del
BID, para corregir estas aberrantes anomalías.
Algo similar pasa con el Parque Independencia,
aunque este caiga fuera de los límites del recinto colonial. La castrante cerca
metálica que lo rodea atropella mortalmente la misión de esparcimiento que
debería tener, porque desincentiva su uso e impide el disfrute de su arboleda.
El malhadado encierro resultante no es nada necesario para proteger al Altar de
la Patria, el cual siempre tiene una guardia militar. Tampoco se justifica para
“dignificar” el lugar impidiendo episodios de ratería o de prostitución. Si
estuviese bien iluminado y dispusiera de una vigilancia policial, podría
convertirse en una meca de descanso y solaz. Esa fea palizada debe desaparecer.
Merece desaparecer también el
surco lineal de piedra que delimita las calles adyacentes al Parque. Al igual
que pasa con un surco similar que perturba el rodamiento frente al Obelisco
Hembra del malecón, los conductores maldicen esos surcos, por la crispación que
producen cuando se rueda sobre ellos. Si la intención fue la de marcar el
discurrir de la muralla colonial hasta llegar a su extremo norte, es bueno que
se sepa que lo que produce en la mayoría de los conductores, es un desconcierto.
Casi nadie se imagina su propósito. Por la urticante molestia del rodamiento al
pasar sobre esos surcos, procede eliminarlos ya, para impedir que los conductores
los sigan maldiciendo.
Otro gran impedimento al esparcimiento, se da
en la enorme Plaza España. Habrá que condenar a quien se le ocurriera que debe
estar a la intemperie y sin el manso cobijo de frondosos árboles. Así como está
ahora la Plaza, solo atrae las visitas durante la noche, impidiendo que durante
el día pueda atraer a visitantes y lugareños para descansar en bancos y
refrescarse en la cercanía de una o dos fuentes que puedan adicionarse. Seria
improbable que el sitio fuera descapotado cuando se construyó el Alcázar, pero
aun si diseñaron una plaza desguarecida del sol, porque así se imaginaron que
fue el lugar, entonces procede ahora dotarlo de una ambientación boscosa que
acoja las visitas diurnas. Lo contemplado en el nuevo proyecto del BID no es
suficiente.
De la Plaza España se ha dicho que albergará un masivo parqueo subterráneo. Pero del nuevo proyecto
de revitalización lo único que puede inferirse es que estaría en las
inmediaciones de la Puerta de Don Diego. Una parte subterránea merece ser
bienvenida, pero ni siquiera tomando la plaza de Don Diego el espacio de
estacionamiento sería suficiente. A juzgar por la cantidad de autobuses que se
aglomeran en la Avenida España, lo preferible sería derrumbar la maléfica muralla
de Trujillo que “protege” el lado sur de la Fortaleza Ozama y
usar el espacio que esta encierra para parqueo adicional. También sería una
feliz iniciativa mudar la Comandancia del Puerto que le queda al lado oeste, para incrementar el espacio de estacionamiento. Se necesita reclutar estos
espacios para acomodar mejor al turismo.
Pero acomodar a los turistas no debe ser la
máxima prioridad. En tanto la Ciudad Colonial es un patrimonio del pueblo dominicano
que le ayuda a consolidar su identidad, la prioridad máxima es acomodar a los
visitantes y residentes nacionales. Para acomodar a todos será necesario hacer
un análisis riguroso sobre el uso actual de los espacios públicos, muchos de
los cuales han sido cooptados
por los particulares con fines mercuriales. Aunque
las mesas al aire libre de restaurantes y cafeterías deben permitirse (y así lo
contempla el nuevo proyecto), no puede permitirse que, como es el caso del
Parque Padre Billini, esas
mesas ocupen casi todo el espacio y desincentiven su uso por
parte del peatón común. Lo mismo aplica a los estacionamientos callejeros que
son reservados por hoteles y otros negocios sin tomar en cuenta que a quien
deben servir es al público y no exclusivamente a los clientes.
El anunciado nuevo proyecto del BID buscará impactar los espacios públicos. Este espera disminuir sustancialmente el rol de
los vehículos ensanchando las aceras de una docena de emblemáticas calles, para
incentivar la movilidad del peatón y el ciclismo. Pero eso demandará de un
cambio en la cultura del nacional que no está acostumbrado al uso de la
bicicleta y habrá que esperar a ver si las obras correspondientes, modeladas
por las europeas, han sido bien concebidas. Aunque deseable, el uso masivo de
la bicicleta no compagina con el sol abrasador del trópico. Y aunque los
dibujos del citado proyecto auguran la siembra de árboles en las calles
intervenidas, no parece haberse puesto suficiente énfasis en ese recurso.
El problema más enmarañado que confrontará el
nuevo proyecto, será el de la remodelación de 200 viviendas, especialmente
aquellas ubicadas en San Antón, Santa Bárbara y San Miguel. Es conocido que en
esos barrios existe un enorme problema respecto a la titularidad de los solares
y viviendas, lo cual posiblemente requiera de una declaración de utilidad
pública en algunos sectores para poder expedir nuevos títulos. De más factible
suerte podría ser el uso contemplado de algunas grandes edificaciones de la
calle El Conde para habilitarlas como viviendas y poder así incrementar la
población del recinto colonial. Conviene que se comience desde ahora a hacer un
inventario forense.
De cualquier modo, es tiempo ya de que se
comience a pensar en el rediseño de algunas partes de ese proyecto. Ya algunos
sectores comienzan a preparar una contundente
oposición al diseño de Rafael Moneo para
las ruinas del Convento de San Francisco, una obra que el Ministerio de Turismo
pretende imponer a rajatabla, a pesar de haber sido rechazada en el proyecto
anterior por varias importantes organizaciones y cientos de profesionales. Muy
deseable sería, por tanto, aprovechar ese rechazo para también quitarle al
MITUR la ejecución de ese programa, en vista de que el grueso de sus
intervenciones no tiene un carácter “turístico”. El
ejecutor debe ser el Ministerio de Cultura o
el ADN.
Parte de los problemas que confronta la Ciudad
Colonial, la cual debería ser conocida como Centro Histórico, porque de colonial
solo tiene un 25% del territorio, deviene de la errada concepción que todavía
prevalece como un atractivo turístico. La misión del recinto es la de servir de
referencia histórica a los nacionales a fin de que, conociendo sus raíces
históricas, consoliden su conciencia e identidad nacional. Su aprovechamiento
turístico es un asunto secundario y los
principales beneficiarios del nuevo programa deben
ser los dominicanos. Por eso comporta gran validez la propuesta de que el
recinto sea un Municipio
Especial y su gobernanza esté a cargo de él.

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