Lo queremos siempre: PODER
Por Carlos Darío Sousa S.*
Leyendo los autores clásicos que se ocuparon de la
cultura y de cómo se ha gobernado a través de la historia, vamos a ver cómo los
humanos hemos dejado constancia del uso de “razones” para mantener el control
político de los súbditos, en las monarquías, y de los ciudadanos en las
repúblicas o en las monarquías constitucionales.
En la Grecia clásica, los ejemplos superan cualquier
dato que la imaginación, o el conocimiento, nos pueda aportar. Y es que los
griegos al fin y al cabo fueron los que
inventaron la política, pero no fueron los únicos que le dedicaron tiempo a la reflexión sobre
el arte de gobernar o de establecer un control político sobre las gentes.
Por supuesto si busca hacia atrás va a encontrarlo,
pues desde que hubo acuerdo para realizar actividades, desde la existencia del
primer pacto para realizar actividades compartidas por los primeros Gens o
grupos humanos, ya se configuraba la actividad de mandar y ser mandados.
Aparecieron los “lideres”, unas veces convertidos en
dioses, o transmutados en figuras con esas características. Aparecen los “Faraones”
y los “Ishakku o Pathesi”, como después aparecerán por los birlibirloques del
destino “monarcas” y un poco después “presidentes”.
Usted puede estar seguro que todos esos iluminados
recibieron el dictado superior para enviar los escritos para conducir al
“pueblo”, mediante unas veces aspectos morales y otros para encauzar la
sociedad en una dirección.
Ralph Turner en su “Grandes
Culturas de la Humanidad”, Fondo 1999, al referirse a “Las formas de poder”,
pág., 1225, nos dice “Por poder se
entiende la capacidad de algunos hombres para controlar a otros, por lo general
para propósitos determinados por aquellos que ejercen el poder. En su origen el
poder surgió indudablemente de la fuerza del grupo sobre sus miembros, y los
individuos que lo ejercían proclamaban actuar como servidores del grupo. Esta
base social del poder no desapareció nunca, y los grupos más poderosos han
considerado, siempre necesario mantener su posición encontrando siempre alguna
justificación que las masas pudieran aceptar. Como la lucha por el poder es
siempre tan activa como la que se libra por la riqueza, si no más, los
individuos que ocupan aquél cambian de tiempo en tiempo; semejantes cambios se
verifican normalmente cuando cambian las bases del poder”.
“La forma de poder en cualquier cultura se basa en instrumentos de
violencia, en los medios de control de riqueza y en los modos de inculcar la
sumisión social. Un grupo poseedor del poder mantiene su posición tan sólo
mediante un empleo eficaz de fuentes de poder. Cuando ocurre cualquier
cambio cultural que reduce la capacidad de un grupo establecido que tenía en
sus manos el poder, su posición queda amenazada y un nuevo grupo puede
desalojarlo”.
Robert Green, en el prefacio de
su comercial obra “Las 48 leyes del Poder”. Espasa, 1999. Dice “En general, la sensación de no tener poder
sobre la gente y los acontecimientos es insoportable para nosotros –cuando nos
sentimos impotentes nos sentimos abatidos-. Nadie quiere menos poder, todo el
mundo quiere más. En el mundo de hoy, sin embargo, es peligroso parecer
demasiado ávido de poder, es decir abiertamente lo que se va a hacer para
obtenerlo. Tenemos que parecer justos y decentes. Así que necesitamos ser
sutiles: agradables, pero astutos; democráticos, pero arteros”.
Asoka perteneciente a la
Dinastía Maurya en la India de poco más de 320 años antes de nuestra era,
impuso en su sistema de enseñanzas en las que fijaba unos parámetros que su
pueblo debía cumplir con una tolerancia basada en la moralidad universal que
como rey se limitaba a cumplir, incluyendo los aspectos religiosos de la
doctrina budista. Su fórmula era “La ley
procura la felicidad de todas las criaturas”.
Chanakya quien fuera primer
ministro de Chandragrupta y en el contexto de “La Teoría y la Práctica de la
Monarquía Oriental” dentro del régimen de los Maurya, produjo uno de los
documentos más importantes para clarificar la actividad política desarrollada
en esa monarquía. Chanakya no consideraba al rey como una divinidad; sin
embargo, el rey era divino por naturaleza –el alma del cuerpo político-, y
llevaba su tarea religiosa exclusivamente mediante la realización de su tarea
secular, que consistía en poner en vigor el orden tal como había llegado a ser
a través de los tiempos. “Solo manteniendo
firmemente las antiguas costumbres podía un rey conservar el afecto del pueblo;
por tanto, tan sólo en la justicia….residía la seguridad política”.
Desde tiempos inmemorables es
asunto del dinero ha sido fuente de enfrentamiento y de control por parte de
los estados o de los que se creen con derecho a usarlo con cualquier fin.
Los ingresos del rey en las
prácticas de la monarquía oriental procedían de varias fuentes, la principal
era de las tierras y propiedades reales, que era la base de la “hacienda
estatal”. El latrocinio –acción propia de un ladrón o quien defrauda a alguien
gravemente- se consideraba un medio para obtener ingresos. Los gremios de
trabajadores y las viudas ricas podían se robados sin dar lugar a protestas.
Los ladrones podían ser incitados a saquear a los mercaderes, pero después de
la fechoría podían muy bien ser ejecutados.
Las cuentas reales eran
llevadas por un numeroso personal. El desfalco, del cual se conocían cuarenta
clases, era punible con la muerte. El censo era de especial importancia para
establecer los ingresos.
El principal apoyo del orden
social era una justicia imparcial administraba de acuerdo con un código rígido. “El gobierno –decía Chanakya- es la
ciencia, del castigo”.
Varios siglos después, en la
Francia de los Luises, inclusive los gestos del monarca eran importantes para
mantener el control de los súbditos y de la Corte.
Michel Angelo Mariani, citado
por Fumaroli, refiere lo siguiente:” La
primera y principal ocupación de esa Corte consiste en cotejar a su Majestad
real, y no tiene más finalidad que hacerse notar del soberano, e insinuarse en
buena gracia. En esto los cortesanos dan prueba de una paciencia
inquebrantable, y se consideran felices cuando al cabo de años pueden preciarse
de un simple pestañeo amable del Príncipe. Y ante la mera duda de no ser bien
visto, se tienen por perdidos, y muchos, durante mi estancia, se fueron para su
casa con acceso de fiebre. Tales son los efectos del simple temor de caer en desgracia
ante un Rey terrenal”.
Y continua con algo que no
escapa a la similitud con otros países: “Cuando
alguien es despedido de la Corte, se entiende que se le retira totalmente la
gracia del Rey, y entonces, como si se les infligiera el castigo de la condenación,
se abandona por completo a la pesadumbre y la desesperación”.
Quizás por eso me decía un
político dominicano con ánimo de preservar el pellejo, que “Al presidente no se
le renuncia”. Al fin y al cabo ¿cuál es la diferencia?
*El autor es catedrático universitario.-
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