Hubo un momento en que una chica parecía asustada. La monja asumió el control a voz en cuello: se puso a cantar y dar palmadas invitando a los demás en el ascensor a que hicieran lo mismo. Fue así como los curiosos, que contemplábamos la escena, vimos a todos los atrapados en el ascensor cantando y dando palmas sin que se pudiera escuchar cuál era la canción que entonaban.
Pero era evidente que cantaban.
Después del canto, la tensión se disipó. Hubo risas. Los rescatistas lograron pasarles bebidas refrescantes y todos la tomaban como si estuviesen en cualquier otro sitio, compartiendo. Cuando la espera se alargó, noté a la monjita callada y seria pero sin hacer ni un gesto que revelara impaciencia o molestia. Al fin, los bomberos lograron destapar aquella caja de hierro. El rescate inició con la niña, cuya salida al exterior fue recibida con aplausos. La monjita volvió a asumir un comportamiento modelo: insistía en ser la última en salir. No tenía prisa. Era evidente que en su fe no tuvo la menor duda de que serían rescatados. La vi como un modelo para los que somos creyentes.
Nuestra meta debe ser llegar a ser capaces de cantar y reír, como la monjita, aunque estemos atrapados en cualquier lugar o situación difícil.
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