23 de diciembre de 2015

La Monjita

Por Alicia Estévez
La monjitaEstaba en la plaza Ágora Mall, el pasado domingo, cuando un fallo de energía provocó que ocho personas quedaran atrapadas en un ascensor hasta que fueron rescatadas por miembros del Cuerpo de Bomberos del Distrito Nacional. Por suerte, el ascensor tenía vista panorámica, a través de un cristal, que les permitía a los que estaban en su interior mirar hacia afuera y, también, a quienes estábamos en el exterior, observar lo que pasaba dentro. Me situé justo frente al aparato, desde donde podía ver lo que hacían las personas que trataban de rescatar a los
afectados, una brigada del 911 que instaló oxígeno adicional, y la actitud de los que permanecían dentro. Analizaba cómo reaccionaron ante aquel momento de tensión los siete adultos y la niña que vivieron esa desagradable experiencia. Del grupo, integrado por cuatro hombres, tres mujeres y una niña, destacaba una monjita con hábito que aparecía en primer plano, justo pegada al cristal, y cuyas acciones provocaron comentarios de admiración entre quienes observábamos lo ocurrido. La monjita permanecía serena, sonriente y relajada. Y no se conformaba con asumir ella esa actitud sino que hizo todo lo posible por contagiarla a los demás.

Hubo un momento en que una chica parecía asustada. La monja asumió el control a voz en cuello: se puso a cantar y dar palmadas invitando a los demás en el ascensor a que hicieran lo mismo. Fue así como los curiosos, que contemplábamos la escena, vimos a todos los atrapados en el ascensor cantando y dando palmas sin que se pudiera escuchar cuál era la canción que entonaban.
Pero era evidente que cantaban.
Después del canto, la tensión se disipó. Hubo risas. Los rescatistas lograron pasarles bebidas refrescantes y todos la tomaban como si estuviesen en cualquier otro sitio, compartiendo. Cuando la espera se alargó, noté a la monjita callada y seria pero sin hacer ni un gesto que revelara impaciencia o molestia. Al fin, los bomberos lograron destapar aquella caja de hierro. El rescate inició con la niña, cuya salida al exterior fue recibida con aplausos. La monjita volvió a asumir un comportamiento modelo: insistía en ser la última en salir. No tenía prisa. Era evidente que en su fe no tuvo la menor duda de que serían rescatados. La vi como un modelo para los que somos creyentes.
Nuestra meta debe ser llegar a ser capaces de cantar y reír, como la monjita, aunque estemos atrapados en cualquier lugar o situación difícil.

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