Mon
Por Carlos
Darío Sousa S.
Mon se paró
en la puerta de la casa. Como acabado de sestear, estaba sin camisa. Apoyó el
codo de su brazo izquierdo alzado en el resquicio de la puerta, y se pasó las
manos sobre la cara, se restregó los ojos y luego las colocó sobre la nuca
después de mesarse los cabellos. Miraba y miraba, como buscando algo. Se veía
que era una despedida, de esas que ponen a pensar al que lo ve, diciéndose “es
despidiéndose que está. Le está dando un último vistazo a lo que fue el barrio
en el que vivió desde que se construyó hace ya bastantes años”. O era quizás
que estaba pensando en el futuro.
Algo estaba
pasando por su mente, pero uno ni se podía imaginar la película que pasaba por
su mente.
Todos lo
sabían. Mon se iba, y con él se irían los
cuentos y las historias y algunas
carreras cuando alguien le voceaba, lo que más le disgustaba, no lo que le
dolía, que de eso ni los más enemigos se atrevían a decírselo. Pero todos
sabíamos que con su marcha, las referencias e informaciones de cómo se
encontraba de buena doña Buena, y los untes que se daba a cada hora del día y
de la noche, para cuando don Colón, su marido, llegara a cualquier hora del día
y de la noche a encerrarse en la habitación, desde donde él salía todo sudado a
refrescarse en el patio, abanicándose con un pericón, con el anuncio de Mentol
Davis, de los que daban en la farmacia Risk, y miraba cerca de la ventana de la
habitación a ver si alguien pasó por allí, o salía a la galería oteando la
calle, mirando para la mata de almendras y fijándose en los curiosos, que
sabían a qué había llegado y en qué estaba. Diciéndoles sin decirles nada: “ven
a ver que macho yo soy y qué buena hembra tengo y ninguno me la va a quitar, ni
por más que la miren le van a quitar un pedazo, porque yo la atiendo a todas
las horas del día y de la noche, y ninguno sabe a qué hora vengo ni a qué hora
me voy, para que no haya resquicio por donde querer colarse”.
Otras veces
salía presuroso, se montaba en su vehículo y partía, sabrá Dios hacia qué rumbo
y destino, o hacía qué nuevo padronazgo, por lo buen jechor que era.
Lo
echaríamos de menos, porque él nos contaba cosas en la esquina de la plazoleta (entonces
casi un solar baldío), donde a veces se podía jugar pelota del lado que daba a
la antigua calle José Trujillo Valdez, o caminado, como decía Dodo The Pik,
como Peripatéticos, hasta el Arco de Triunfo, donde Genarita Cavallo escribió
aquello de “Trujillo el grande y el glorioso Enriquillo se abrazan frente a la
montaña rebelde”, y él, triunfante, y Mon, pavoneándose de sus hazañas, y lo
seguíamos, cual Platón, porque nos contaba cosas que eran muy maduras para unos
muchachos que, por demás, no querían que se descubriera que ya sabíamos todo
aquello.
Mon nos
contaba cosas de doña Buena, y parece que desde que Mon se marchó, ella también
se fue, o fue quizás que maduramos, o quizá que podíamos ir a jugar pelota al
Plei nuevo, y dejamos de pensar en ella, porque él era que nos mantenía en vilo
todo el tiempo con sus historias, a las que casi todos los días de la vida le
ponía algo más de sazón: cómo se estragaba el cuerpo con el auténtico Cashemir
Bouquet (jabón que le traían del extranjero), cuando se bañaba, cómo sus
partes, cómo las axilas y el cuello; sus impresionantes y duros pechos; cómo se
secaba y se pasaba la toalla, y cómo luego se hacía un moño con ellas; las
formas de peinarse desnuda ante el espejo, y ante eso mismo, cómo se ungía de
aceites y pomadas, de cremas humectantes y crema facial Pons de Hollywood, para
la cara, por la tarde, y cómo por las noches lo hacía, por las piernas, por
entre las piernas, por ahí y por allá; delante, detrás, por los lados y en cada
rincón imaginable de ese organismo que, al decir de Mon, “era el amanecer de la
noche, el viento, el sol, la luna, el perfume de las rosas tiene su alma, un
moro con coco con la mejor carne con curvas y salsas de la bolita del mundo y
zonas aledañas”. Y cómo tendía la cama después de, antes de y el porqué de;
cómo se pintaba antes de y después de, estando cerca del espejo, y cómo se
miraba desde lejos, de cerca, de lado y de espalda, mirando sobre el hombro.
Eso era la historia del paraíso encantado. Eso, hermanito, era vida. No la que
llevan ustedes, pobres alumnos diletantes, que sólo cuando crezcan y si los
curas no los raptan para ponerles faldones, descubrirán que hay que dejar la
soledad e ir a la compañía deliciosa de unos brazos amantes.
Mon nos dijo
que esa mujer rezaba, pero nunca pudo oír a quien le pedía y a qué santo se
dirigía. Nos dejó siempre ese misterio, pues la tropa de aprendices de
“donjuanes” (así nos consideraba y él era el comandante, el Casanovas del
trópico, el observador perspicaz e invisible de la bolita del mundo y más
allá), lo hacía dándole vuelta al dedo índice y finalizando señalando para donde
se encontraba Nueva York.
Íbamos a
misa de los antemeridiano 6, 7:30, 9, y de 7 pasadomeridiano de los domingos y
fiesta de guarda, y nunca la vimos por ahí. Se lo decíamos a Mon y el insistía
que la siguiéramos, que ella iba, o iría. Mon nos tenía locos con eso, y nosotros
creyendo que ella, algún día (cuando supimos que se iba), que heredaríamos todo
ese panorama, ese paisaje de palmeras y de cocos, de valles poblados de gramas
fragantes y de paraísos soñados, esperando ser descubiertos para despertar en
sus brazos.
Soñábamos con ella y algún día poder, también, acercarnos con el
sigilo que nos enseñó Mon. He ahí el teórico, a ver tras los cristales y
visillos, de las persianas y las rendijas del baño, de los celajes, cuando
alguna vez se sentó en la mecedora en la galería de la casa, un cruce de
piernas que despejara las dudas sobre el concepto cercano al paraíso del que
sólo Mon había disfrutado, y que nosotros, sin experiencia ni visuales,
siquiera, no así al menos, nos imaginábamos como si fuera una de las postalitas
del álbum de artistas que alguna vez coleccionábamos con las de peloteros y el
del zoo, aunque si nos llevamos de las beatas, era como una araña cacata
venenosa, y después de mayores descubrimos que sí, que era así, y descubrimos
que a esas arañas había que matarlas a base de cariño.
Después fue
que supimos por qué Mon nos entretenía con esas historias, que hoy, con algunos
días pasados, y en algunos días cercanos, parece que fueron mentiras, y que lo
cierto era que tenía la necesidad de una especie de protección o de resguardo,
porque a él lo estaban vigilando, estaba vigilado por personas con diferentes
tipos de disfraces, posturas y miradas, pero inconfundibles en su trabajo, y
eso, por pasarse con unos tragos y ponerse de fresco a oír hablar mal del jefe,
que le habían puesto de sombrero en su
busto del parquecito, una funda de las de veinticinco libras, conteniendo una
colección de diferentes contribuciones y tesituras, de lo que popularmente se
llamaba “vidrio inglés”.
Todo lo sabíamos, pero esto último sólo lo conocíamos
Mon y yo, y me lo contó precisamente cuando las historias y los cuentos se
fueron con él.
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