8 de junio de 2015

LECTURAS Y VIVENCIAS DE CARLOS DARÍO

Mon

Por Carlos Darío Sousa S.

Mon se paró en la puerta de la casa. Como acabado de sestear, estaba sin camisa. Apoyó el codo de su brazo izquierdo alzado en el resquicio de la puerta, y se pasó las manos sobre la cara, se restregó los ojos y luego las colocó sobre la nuca después de mesarse los cabellos. Miraba y miraba, como buscando algo. Se veía que era una despedida, de esas que ponen a pensar al que lo ve, diciéndose “es despidiéndose que está. Le está dando un último vistazo a lo que fue el barrio en el que vivió desde que se construyó hace ya bastantes años”. O era quizás que estaba pensando en el futuro.
Algo estaba pasando por su mente, pero uno ni se podía imaginar la película que pasaba por su mente.

Todos lo sabían. Mon se iba, y con él se irían los
cuentos y las historias y algunas carreras cuando alguien le voceaba, lo que más le disgustaba, no lo que le dolía, que de eso ni los más enemigos se atrevían a decírselo. Pero todos sabíamos que con su marcha, las referencias e informaciones de cómo se encontraba de buena doña Buena, y los untes que se daba a cada hora del día y de la noche, para cuando don Colón, su marido, llegara a cualquier hora del día y de la noche a encerrarse en la habitación, desde donde él salía todo sudado a refrescarse en el patio, abanicándose con un pericón, con el anuncio de Mentol Davis, de los que daban en la farmacia Risk, y miraba cerca de la ventana de la habitación a ver si alguien pasó por allí, o salía a la galería oteando la calle, mirando para la mata de almendras y fijándose en los curiosos, que sabían a qué había llegado y en qué estaba. Diciéndoles sin decirles nada: “ven a ver que macho yo soy y qué buena hembra tengo y ninguno me la va a quitar, ni por más que la miren le van a quitar un pedazo, porque yo la atiendo a todas las horas del día y de la noche, y ninguno sabe a qué hora vengo ni a qué hora me voy, para que no haya resquicio por donde querer colarse”.

Otras veces salía presuroso, se montaba en su vehículo y partía, sabrá Dios hacia qué rumbo y destino, o hacía qué nuevo padronazgo, por lo buen jechor que era.
Lo echaríamos de menos, porque él nos contaba cosas en la esquina de la plazoleta (entonces casi un solar baldío), donde a veces se podía jugar pelota del lado que daba a la antigua calle José Trujillo Valdez, o caminado, como decía Dodo The Pik, como Peripatéticos, hasta el Arco de Triunfo, donde Genarita Cavallo escribió aquello de “Trujillo el grande y el glorioso Enriquillo se abrazan frente a la montaña rebelde”, y él, triunfante, y Mon, pavoneándose de sus hazañas, y lo seguíamos, cual Platón, porque nos contaba cosas que eran muy maduras para unos muchachos que, por demás, no querían que se descubriera que ya sabíamos todo aquello.

Mon nos contaba cosas de doña Buena, y parece que desde que Mon se marchó, ella también se fue, o fue quizás que maduramos, o quizá que podíamos ir a jugar pelota al Plei nuevo, y dejamos de pensar en ella, porque él era que nos mantenía en vilo todo el tiempo con sus historias, a las que casi todos los días de la vida le ponía algo más de sazón: cómo se estragaba el cuerpo con el auténtico Cashemir Bouquet (jabón que le traían del extranjero), cuando se bañaba, cómo sus partes, cómo las axilas y el cuello; sus impresionantes y duros pechos; cómo se secaba y se pasaba la toalla, y cómo luego se hacía un moño con ellas; las formas de peinarse desnuda ante el espejo, y ante eso mismo, cómo se ungía de aceites y pomadas, de cremas humectantes y crema facial Pons de Hollywood, para la cara, por la tarde, y cómo por las noches lo hacía, por las piernas, por entre las piernas, por ahí y por allá; delante, detrás, por los lados y en cada rincón imaginable de ese organismo que, al decir de Mon, “era el amanecer de la noche, el viento, el sol, la luna, el perfume de las rosas tiene su alma, un moro con coco con la mejor carne con curvas y salsas de la bolita del mundo y zonas aledañas”. Y cómo tendía la cama después de, antes de y el porqué de; cómo se pintaba antes de y después de, estando cerca del espejo, y cómo se miraba desde lejos, de cerca, de lado y de espalda, mirando sobre el hombro. Eso era la historia del paraíso encantado. Eso, hermanito, era vida. No la que llevan ustedes, pobres alumnos diletantes, que sólo cuando crezcan y si los curas no los raptan para ponerles faldones, descubrirán que hay que dejar la soledad e ir a la compañía deliciosa de unos brazos amantes.

Mon nos dijo que esa mujer rezaba, pero nunca pudo oír a quien le pedía y a qué santo se dirigía. Nos dejó siempre ese misterio, pues la tropa de aprendices de “donjuanes” (así nos consideraba y él era el comandante, el Casanovas del trópico, el observador perspicaz e invisible de la bolita del mundo y más allá), lo hacía dándole vuelta al dedo índice y finalizando señalando para donde se encontraba Nueva York.

Íbamos a misa de los antemeridiano 6, 7:30, 9, y de 7 pasadomeridiano de los domingos y fiesta de guarda, y nunca la vimos por ahí. Se lo decíamos a Mon y el insistía que la siguiéramos, que ella iba, o iría. Mon nos tenía locos con eso, y nosotros creyendo que ella, algún día (cuando supimos que se iba), que heredaríamos todo ese panorama, ese paisaje de palmeras y de cocos, de valles poblados de gramas fragantes y de paraísos soñados, esperando ser descubiertos para despertar en sus brazos. 

Soñábamos con ella y algún día poder, también, acercarnos con el sigilo que nos enseñó Mon. He ahí el teórico, a ver tras los cristales y visillos, de las persianas y las rendijas del baño, de los celajes, cuando alguna vez se sentó en la mecedora en la galería de la casa, un cruce de piernas que despejara las dudas sobre el concepto cercano al paraíso del que sólo Mon había disfrutado, y que nosotros, sin experiencia ni visuales, siquiera, no así al menos, nos imaginábamos como si fuera una de las postalitas del álbum de artistas que alguna vez coleccionábamos con las de peloteros y el del zoo, aunque si nos llevamos de las beatas, era como una araña cacata venenosa, y después de mayores descubrimos que sí, que era así, y descubrimos que a esas arañas había que matarlas a base de cariño.


Después fue que supimos por qué Mon nos entretenía con esas historias, que hoy, con algunos días pasados, y en algunos días cercanos, parece que fueron mentiras, y que lo cierto era que tenía la necesidad de una especie de protección o de resguardo, porque a él lo estaban vigilando, estaba vigilado por personas con diferentes tipos de disfraces, posturas y miradas, pero inconfundibles en su trabajo, y eso, por pasarse con unos tragos y ponerse de fresco a oír hablar mal del jefe, que le habían puesto de  sombrero en su busto del parquecito, una funda de las de veinticinco libras, conteniendo una colección de diferentes contribuciones y tesituras, de lo que popularmente se llamaba “vidrio inglés”. 

Todo lo sabíamos, pero esto último sólo lo conocíamos Mon y yo, y me lo contó precisamente cuando las historias y los cuentos se fueron con él.

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