26 de febrero de 2015

EDITORIAL HUESPED

Un burla a la dignidad del país
Listin DiarioUna turba de haitianos pasó por alto ayer la norma internacional y se parapetó en la sede del consulado de la República Dominicana en Puerto Príncipe, desde cuya azotea desplegó una bandera de ese país, como si se tratara de un territorio ocupado gallardamente en una guerra, y aderezó el resto de su burla con la quema de nuestra enseña tricolor.
No faltó, en esta descarga de odio, la amenaza de linchamiento contra
dominicanos residentes en Puerto Príncipe, al mejor estilo de los “suplicios” que ellos mismos aplican a los caídos en desgracia, en respuesta a lo que diferentes organizaciones de la sociedad civil haitiana describen como “actos de barbarie, racismo y xenofobia” que supuestamente se ejercen contra los haitianos ilegales en nuestro país.
No es la primera vez que el honor dominicano y la ley internacional quedan mancilladas por actos de civiles haitianos organizados en turbas iracundas. Talvez estas no sean las últimas, porque Haití ya se dio cuenta de que Dominicana tiene siempre su mejilla expuesta a sus caprichosas pescozadas, sin que nada pase.
La intrusión y ocupación de una sede del servicio exterior dominicano, en este caso el consulado en Puerto Príncipe, violenta el principio de la soberanía extraterritorial, convirtiéndose a la vez en una inaceptable falta de respeto hacia el gobierno y el pueblo dominicanos, que solo han sabido ser solidarios -sin pasar facturas--con las necesidades de Haití.
El quemar la Bandera dominicana, como señal de protesta ante los “actos de barbarie, racismo y xenofobia” que según alegan se cometen en el país en contra de sus inmigrantes ilegales, no es un acto extraño. Ya lo han hecho varias veces en nuestro propio suelo. Y una vez lo hicieron de manera permanente durante dos décadas en que vivimos bajo su yugo inmisericorde.
Que coincidencialmente esta burla acontezca en el día en que conmemoramos el 199 aniversario del nacimiento del patricio Ramón Matías Mella, cuyo trabucazo marcó en 1844 el fin del yugo haitiano sobre nuestro país, es un detalle que de seguro no se les escapó a los que programaron estas jornadas de protesta en las calles de Puerto Príncipe.
El tinglado de la conjura es demasiado evidente, y sus objetivos muchos más.

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