Ni siquiera la pena máxima es suficiente
Una vez enfrentados a la realidad de que mataron a la persona equivocada, el plan siniestro sigue en marcha, lo que revela que no hubo ni siquiera un soplo de piedad en el corazón de los confabuladores que los motivara a recapacitar y desistir de un nuevo asesinato.
Si en el primer caso se trató de un “error”, esta sola circunstancia no debería constituir una atenuante para morigerar las penas correspondientes, porque si así fuese, entonces los criminales podrían matar “por error” a otras tantas personas y aparentemente nada les pasaría.
Pero del “error” se pasó al mortífero designio de acabar, a como diera lugar, con la vida de la otra mujer --la que escapó en principio sin darse cuenta de la sangrienta trampa-- y sólo por esa perversa, cruel y maliciosa intención se bastaría toda justicia para aplicar a los autores --a los que ordenaron y ejecutaron estas muertes-- la cadena perpetua en prisión, si tal categoría de penas prevaleciera en nuestro sistema judicial.
La carga tan honda de sufrimiento a la que han sido condenadas a soportar, de por vida, las familias de Natasha Sing Germán y Suleika Flores Guzmán, por el hecho de que cinco o seis confabulados decidieran aniquilar a ambas jóvenes, es también la carga de estupor, desaliento y hasta desconfianza que gravita hoy sobre una sociedad conmovida por este episodio de impiedad y crueldad.
La justicia no puede ni debe ignorar esto.
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