¿Desde cuándo el año comienza el primero de Enero?
Por Mónica Cornejo Valle* (Periódico El País)
A
pesar de la extensión mundial del calendario gregoriano, que se aplica incluso
en China desde 1912, siguen siendo muy diversas las fechas y los modos en que
diferentes sociedades consideran que su ciclo anual recomienza una y otra vez.
Y el 1 de enero es solo una de esas posibilidades.
Para que hoy haya sido posible celebrar el año nuevo el día 1 de
Enero, primero hubo de nacer el propio mes de enero que, según Plutarco, fue añadido
al calendario de Rómulo por su sucesor, Numa Pompilio, en el siglo VIII antes de
Cristo. El calendario que se usaba anteriormente en Roma tenía 10 meses lunares
y comenzaba en primavera, en la luna llena más próxima al equinoccio de marzo
(los idus de marzo).
Estos diez
meses marcaban un compás difícilmente ajustable al de las estaciones y el ciclo
solar, que tenían una importancia obvia en la actividad del campo y había sido
adoptado antes por los egipcios. Para un mejor ajuste Numa añadió el undécimo
mes, Ianarius, y el duodécimo, februarius. El mes de febrero recibió su nombre
de las fiestas de preparación de la primavera, llamadas Februa (limpieza,
purificación), que con el tiempo se hicieron parte de las celebraciones de las
Lupercales.
El mes de enero, sin embargo, a falta de
una referencia práctica, fue dedicado al dios Jano, cuyo culto promovió Numa
activamente. No obstante, a pesar de ya tener doce meses, el año romano siguió
comenzando en primavera hasta el año 153 a.C., un siglo antes de la reforma del
Calendario Juliano.
Hasta el 153 a.C., los cónsules romanos
eran nombrados anualmente por el Senado en los idus de marzo, el comienzo del
año. Sin embargo, en pleno estallido de la segunda guerra celtíbera y declarada
la guerra a la ciudad de Segeda, el General Quinto Fulvio Nobilior pidió al
Senado que adelantara la fecha de los nombramientos, a fin de poder adelantar el
traslado de las tropas y preparar la campaña militar para la primavera.
El pueblo de Roma siguió celebrando los
idus de marzo igualmente, entre otras cosas por la abundancia de actividades
religiosas concentradas en esas fechas, sin embargo, el Senado atendió la
petición de los cónsules y por primera vez se trasladó oficialmente el comienzo
del año a las calendas de enero (la primera luna nueva del mes), cuando tomaran
posesión de su cargo los cónsules, dando inicio a la cuenta del año desde
entonces. De ahí la leyenda que atribuye a los celtíberos (o a los hispanos más
en general) el mérito de haber cambiado el calendario más importante de su
época, también determinante de los calendarios venideros.
Con enero abriendo el año (en vez de ser
el undécimo mes), se reformó el calendario de Roma, dando lugar en el 46 a.C. al
calendario Juliano, organizado por el sabio Sosígenes de Alejandría y llamado
así en honor de Julio Cesar. Este calendario sería usado en algunos países de
Europa hasta principios del siglo XX, especialmente entre los de mayoría
religiosa Ortodoxa. En Rusia, por ejemplo, sólo se sustituyó después de la
Revolución de 1917, y en Grecia, el último país en abandonarlo y adoptar el
calendario civil actual (el Gregoriano), se usó hasta 1923.
A pesar de
la importancia de Roma y su cultura en toda Europa, en una buena parte del
continente la preferencia, a la hora de celebrar el comienzo de año, caía en
otras fechas. Si en Roma y en el Mediterráneo el Año Nuevo se celebraba con la
primavera, los pueblos del norte preferían el invierno.
Al comparar entre ambas latitudes, conviene recordar que la diferencia estacional entre el templado sur de Europa
y el frio norte, marcaba una diferencia grande en la forma de vivir, empezando
por el ritmo de trabajo del campo y siguiendo por la caza y el pastoreo. De
estas diferencias se desprende una experiencia del ciclo anual muy diferente.
Sirva como ejemplo el hecho de que en el
norte, incluso después de la adopción general del calendario juliano impuesta
por Carlomagno en el siglo VIII, el año siguió dividiéndose principalmente en
dos estaciones, la de Skammdegi (los días cortos) y la de Náttleysi (los días
sin noche), como se referían a ellas los islandeses. En este contexto, lo común
era que el inicio del año coincidiera con las celebraciones de invierno y en
particular el Samaín (1 de Noviembre), el inicio de la estación oscura, porque
bajo la nieve la tierra se regeneraba y los ancestros volvían a ella en la
oscuridad. Y ello debía ser propiciado con las celebraciones y ritos oportunos.
A pesar del cambio formal del año 153
a.C., consolidado después por la reforma juliana, no solo los romanos continuaron
con sus celebraciones de primavera, sino que en la Roma ya cristiana y,
posteriormente, en la Europa medieval (y progresivamente más y más cristiana
también), aún hubo reticencias a celebrar el comienzo de año el día primero de
un mes dedicado a un dios pagano.
Algunos intentaron sin éxito cambiar
los nombres de los meses, como fue el caso de Carlomagno, que propuso una
versión juliana con los nombres germánicos, basados principalmente en fenómenos
climáticos o en labores del campo. No obstante, los hijos cristianos de los
antiguos paganos europeos, en el norte y en el sur, continuaron dando una
relevancia fundamental a las cuestiones religiosas a la hora de saludar el
comienzo del año y, así, la preferencia general para el año nuevo rara vez era
el 1 de Enero. La cristiandad estableció varios criterios que fueron usados por
distintos reinos y poblaciones a discreción.
La perspectiva de los astrónomos ha tendido a valorar
especialmente los ajustes calendáricos relacionados con la luna, el sol, el
zodiaco y efemérides como los eclipses.
En la era
cristiana, establecida el año 532 por Dionisio el Exiguo, el año nuevo podía
empezar el 25 de Diciembre, el 25 de Marzo o el Domingo de Resurrección, cuando
quiera que coincida en cada año, pues es una fecha variable que depende de la
determinación de la Pascua, conforme al calendario lunar judío. En Venecia
también podía empezar el 1 de Marzo, siguiendo la tradición romana más antigua,
y en las regiones del Imperio Bizantino el comienzo de año se celebraba el 1 de
Septiembre.
Con el tiempo, parece que tanto Aragón
como Castilla empezaron a usar el día de la Anunciación como el comienzo de
año, el 25 de Marzo, fecha anteriormente más conocida como la Encarnación. Sin
embargo, sabemos que en 1350, Pedro IV de Aragón, prohibió este uso y estableció
la fecha de Navidad, el 25 de Diciembre, como año nuevo oficial. Y lo mismo se
adoptó en Castilla entre los siglos XIV al XV. Finalmente, y en parte por el
éxito de su expansión desde el siglo XIII por Europa, en el siglo XVI el reino
de España adoptó el día de la Circuncisión como fecha del inicio del año. Desde
entonces, celebramos el año nuevo el día 1 de Enero.
Todas las culturas reconocen unos ciclos
u otros. En diferentes lugares del planeta la naturaleza tiene unos ciclos. Los
seres humanos tenemos los nuestros y, desde luego, el sistema solar tiene los
suyos. Quizá la perspectiva de los astrónomos, desde los más antiguos a los más
modernos, ha tendido a valorar especialmente los ajustes calendáricos
relacionados con la luna, el sol, el zodiaco y efemérides como los eclipses,
sin embargo, las celebraciones populares han ido variando con una cierta
autonomía respecto a las consideraciones más formales y expertas de astrónomos
y sabios.
Desde este punto de vista de la cultura
popular, la propia actividad de festejar, así como la conducta ritual, los mitos
y los símbolos que la acompañan, presentan también su propio carácter cíclico y
una explicación propia sobre el principio y el final de las cosas. La historia
de cada pueblo, las creencias religiosas, los eventos políticos y la memoria
colectiva, proporcionan la textura característica que enriquece la uniformidad
astronómica con el creativo repertorio de la diversidad humana.
*La autora es profesora de Antropología de las Religiones en la Universidad
Complutense de Madrid.-
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