28 de diciembre de 2015

LECTURAS Y VIVENCIAS DE CARLOS DARÍO (Lunes 28 de diciembre, 2015)

Don Camaleón
Por Carlos Darío Sousa S.*
Curzio Malaparte, del que me he referido más de una vez, por sus escritos, tanto políticos, “Técnica de Golpe de Estado”, o en novelas, “Kaput” y “La Piel”, y quizás hice referencia a “Don Camaleón”, obra que escribe en 1926 en pleno dominio fascista y es una alusión personal sobre Mussolini.
Hay que colocarse en el contexto de la realidad italiana de los años 20 del pasado siglo y el triunfo de Benito Mussolini (nombre puesto en honor a Benito Juárez) y del Fascismo. Curzio Suckert era el  verdadero nombre de Curzio Malaparte (que le viene a su vez por Napoleón Bonaparte), escribe esta especie de parodia, esta “sátira feroz en la que
volcó toda la insolencia de la era capaz”, en este “Don Camaleón”. Tusquets, 2015. Esta representó un punto de inflexión en su obra.
Desarrolla el contenido a partir de un encuentro, ficticio, del autor con Mussolini, y este le encarga educar a un camaleón.
-“Enséñele a vivir como lo humanos
-Pero ¿y si no fuera un animal sociable? La educación entre humanos podría matarlo.
-Se ve que no los conoce –replicó-. Estos animales siempre fueron muy amigos del hombre y jamás se ha dado un caso de camaleón que, debidamente educado, se distinguiera en nada de los hombres. Enséñele a hablar y verá que habla.
-Pero ¿con esa cola, esa lengua, esa cabeza, esos ojos? Podrá ser como los humanos, pero los humanos lo tomarán por camaleón.
-El hábito no hace al monje –repuso Mussolini- cuando le haya enseñado a ganarse  fama de humano, nadie lo tomará por lo que es, sino por lo que quiera ser. La gente no juzga a los demás por la forma de la cabeza o por si tienen cola, sino por su apariencia y sus intenciones. Si no fuera así, sería imposible ninguna forma de humanidad ni de vida civil. Hágame caso, que de filosofía y humanidad algo sé. Tome, le encomiendo a este animal; cuídelo, edúquelo, hágalo humano.- Y mientras decía esto, me puso al atónito camaleón en el hombro y, con un ademán de despedida, se alejó al galope, entre los rayos de sol que se filtraban por el follaje.”
Y así lo hace con la ayuda de un bibliotecario, y en una biblioteca, instruyendo al animal en humanidades y otros muchos conocimientos, desde la literatura hasta saberes científicos como física, o como ocurrió al final de su vida con la obra de Kempis  “Imitación de Cristo”, pero eso es adelantarnos en el tiempo.
Dice que los camaleones aprenden por mimetismo, lo que implicaba solo tener que acurrucarse sobre un libro o dormir sobre el para asimilar su contenido.
La vida de Don Camaleón era una vida muelle, sin sobre saltos y acumulando conocimientos, hasta que dio el salto a la política, y ahí sí se inician los cambios y tiene obligatoriamente que asumir que es un ciudadano, pero no puede serlo pues no está bautizado, así que sus mentores consiguen la forma de que sea bautizado. Suerte que no le dio por casarse, pues por su nivel, y sus pretensiones, y no por su prosapia, un purpurado hubiese tenido que oficiar la ceremonia.
La pena es que Malaparte no conoció los camaleones tropicales, pues al suyo le faltaban los bigotes y los afros, corbatas de seda, chalecos, chacabanas y tupe para cerrar calles, para comprar zapatos y pamelas,  y la verdad verdad es que  por lo demás, son iguales, y muchas veces se repiten las circunstancias.
Don Camaleón llega a la política y es diputado, puesto que gana en unas elecciones limpias, lo más probable asesorado, sé que es imposible, por el maestro del pucherazo Romero Robledo, o por algún antepasado heredero de las maquinarias reeleccionistas señoreadas en este trópico.
Como es lógico, tiene opositores, como en todas partes, y defensores, como en todas partes. Y lo mismo pasa, aquí o allá, antes, ahora,  siempre y cuando se dependa del poder para desarrollar la actividad política y más si es un apéndice de una organización que ideológicamente le es afín. Don Camaleón era el alter ego de Mussolini. Aunque decía que tenía pensamiento propio. Que si es por aquí no tendría mancha indeleble.
“Hoy más que nunca, y para envidiable suerte nuestra, abunda en (nuestro país) esta buena gente, muy dada a la política y con rostro y aspecto de personas prudentísimas. Todos hablan en voz alta, (algunos susurran) pero de tal manera que nada haya en su tono ni en sus palabras que pueda sonar a irreverencia o  sedición. A veces dicen cosas arriesgadas, pero de tal manera que agraden al que manda. Están juntos a todas horas del día y la noche, pero se equivocaría quien creyera que son amigos: se respetan por acuerdo tácito, pero íntimamente se desprecian. Con los ausentes se muestran implacables, pero se vuelven afables y respetuosos cuando el hijo pródigo asoma a la puerta. La política está en sus manos, mejor dicho, (o también) en sus bocas”. “Hablan en nombre del pueblo, pero sus intenciones son siempre razonables….”
Don Camaleón no podía escribir (la verdad que eso no importa, muchos en la historia de la humanidad no escribieron nada, pero nos legaron toda una serie de virtudes que aún perduran) por supuesto era ese camaleón, pues hay otros que sí lo hacen y las gacetas están llenas de sus escritos.
Eso sí, había, hay que temerle a sus palabras, que vuelan, y eso lo saben sus adversarios.
Don Camaleón le dio por seguir a Kempis, “le dio por salvar el mundo, redimir el género humano, y morir crucificado”. ¡Un Cristo con cola y cuatro patas!. ¿No reconocéis mi voz? ¡Soy Jesucristo, el Hijo de Dios! Al oír aquella voz la multitud, que estaba en la Basílica de San Pedro se agitó, irrumpió con gritos de espanto y horror. Vi sacerdotes, guardias suizos, cardenales, precipitándose hacia el altar blandiendo largos cirios, alabardas y candelabros; oí aquella voz, que seguía gritando: ¡Soy Cristo, soy el Salvador del mundo!, enmudecer de pronto, ahogada por un clangor de trompetas de plata, el coro sonó más alto y fuerte y sofocó el clamor de la muchedumbre, y gritos y murmullos se extinguieron poco apoco. El santo padre se dejó caer de nuevo en su silla e inclinó la cabeza sobre el pecho hasta rozar con la frente las manos juntas”.
“Del fondo de la basílica venían dos monseñores con capas moradas hablando en voz baja. Cuando llegaron al portón se pararon y uno de ellos, apoyándose la mano en una columna, levantó el pie y se agachó a mirarse la suela del zapato.
-Me parece que he pisado algo -dijo
- ¡Esperemos que no hayas pisado a Jesucristo¡ -repuso el otro riendo. Pero estaba pálido y aún tenía los ojos velados de miedo.

Eso sí, cualquier similitud, como en las películas, con la realidad política actual, es pura coincidencia.
*El autor es catedrático universitario.-

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